Basado en una leyenda urbana...
Eran mis tiempos de “estudihambre” y vivía en una casa en la calle arquitectos de la colonia tecnológico en la ciudad de Monterrey, a escasas 2 cuadras del famoso “ITESM” y a solo unos pasos de lo que alguna vez alguien quiso fuera un hermoso jardín central; y que solo era un campo polvoso con un par de arbustos dispersos, y estructuras que fueron juegos infantiles. Mis medios de transporte en aquel entonces, se limitaban a los camiones, el clásico aventón de un amigo o el carro de mi novia (cuando me lo soltaba).
Lo que les cuento sucedió en la madrugada de un 21 de noviembre de 1986, que por casualidad cayó en jueves; y como todos los jueves, me encontraba en la clásica reunión semanal con los amigos de siempre y que esta vez, como yo, habíamos tomado la decisión “celebrar” el aniversario de la revolución en Monterrey y no aprovechar el “puente” para ir a casa el largo fin de semana.
El caso es que en la madrugada del 21 de noviembre y hartos de alcohol, mis buenos amigos José Luis y Arturo (este ultimo dueño del carro en que viajábamos); decidimos regresar a nuestros respectivos departamentos. A mi me dejaron en avenida del estado cruce con filósofos, de ahí podía caminar por la calle de químicos, luego dar vuelta a la izquierda en agrónomos y llegar a mi casa en la calle de arquitectos; sin embargo no hice eso.
Tras que me dejaran en la esquina mencionada, decidí cortar camino en diagonal por el terreno casi abandonado, no había avanzado mucho cuando note que en la esquina de químicos y agrónomos, sobre los restos de unos tubos de concreto que alguna vez hicieron las funciones de juegos para niños; había una silueta de lo que parecía ser un hombre con la cabeza echada un poco hacia atrás, vestido de traje y cruzado de piernas sobre uno de los tubos. No le di mucha importancia y seguí mi camino, no había caminado un par de pasos cuando de reojo vi que aquel hombre se puso de pie, fue cuando no perdí vista de lo que hacia. Conforme yo me adentraba en el parque, aquel que anteriormente estaba sentado en el tubo hacia como si bailara “vals” y al terminar cada ciclo avanzaba hacia mi, levantando pequeñas nubes de polvo en su disparatado baile; esa noche había media luna y con la escasa iluminación del alumbrado publico pude ver su cara.
Y lo que vi, me dejo congelado por unos segundos. El tipo tenia el cabello peinado hacia atrás y no se le movía un pelo; su traje parecía de los 20’S. Pero lo mas tétrico era que su cabeza seguía tirada hacia atrás, sus ojos no parpadeaban y estaban completamente abiertos; y esa sonrisa iba, simulada, casi dolorosa; tétrica.
Por un momento pensé que era otro borracho mas en una madrugada de fiesta nacional, buscando jugar una broma; por lo que en lugar de seguir mi atajo, opte por regresar a la calle de filósofos hacia el callejón del cólera (la calle de bachilleres), por lo que perdí de vista al tipo por segundos. Cuando vi de nuevo al frente ahí estaba, en medio de la calle con esa sonrisa macabra, ojos desorbitados y la cabeza viendo al cielo. En ese momento el miedo se apodero de mi, quería moverme y mi cuerpo no respondía; quería gritar y ningún sonido salía de mi garganta.
Y entonces sucedió algo que provoco casi me orinara, sin dejar de mirar al cielo, o cambiar su expresión, el tipo comenzó a avanzar en “zig-zag” hacia mi caminando de “puntitas” (como en las caricaturas)pero de manera rapidísima; asustado e inmóvil, me sorprendí al escuchar mi voz gritando : ¿Qué “jijos” de la chingada quieres?
La macabra figura se detuvo y reinicio su vals pero en la calle de bachilleres, rumbo al “Tec”, por segundos como se perdía calle abajo y aliviado comencé a cruzar de nuevo el parque, ahora en línea recta hacia la calle de mi casa; posiblemente iba a la mitad, cuando escuche unos pasos que se acercaban a gran velocidad tras de mi. Gire la cabeza y efectivamente, el tipo corría a toda velocidad en mi dirección y con la misma expresión en la cara.
Corrí y no me detuve hasta estar detrás de la puerta de mi casa y haberla asegurado con los cerrojos instalados.
Estaba en casa, estaba seguro; me llevo unas horas calmarme y por fin poder llegar a la cama a descansar. Apague la luz y cuando puede acomodarme para dormir, una voz al oído me susurro: Olvidaste la puerta del patio……
Bienvenido a esta “la de los jueves” donde cada semana encontrarás un nuevo artículo, producto de mis desgastadas y escasas neuronas. Puede que trate temas como política local, chismes del pueblo o simple y sencillamente entregue un pedazo de mi alma en alguno de mis escritos. Gracias por estar aquí y gracias por dejar tu opinión.
jueves, agosto 14, 2014
jueves, mayo 23, 2013
De ida y vuelta
Cuando abrí los ojos vi un cielo de un azul
increíble con nubes blancas como jamás las había visto, me fui incorporando
hasta quedar sentado y recorrí con la vista mi entorno; me daba la impresión
que estuviera sentado sobre un espejo que reflejaba el cielo. Sin esfuerzo
alguno me puse de pie y en ese momento la posibilidad de estar muerto me
invadió dejándome inmóvil.
–Efectivamente,
estas muerto; o como dirías tu, te cargo el payaso- la voz sonaba a mi derecha
y hacia ese lado dirigí mis ojos, y aunque la voz sonaba pegada a mi oído el
único ser viviente era apenas una silueta en el horizonte –.Los servicios de
emergencias llegaron un poco tarde, como acostumbran, pero la verdad no había
mucho que hacer. Pero dejemos esos detalles.
-Entonces
si estoy muerto, ¿Pero que paso?-. murmuré confundido.
–Pongámoslo así, mucho colesterol, tabaco y
alcohol; ¿Qué es lo último que recuerdas?
Por fin aquel que se acercaba estaba frente a mi,
sus rasgos me recordaban a alguien pero no logre identificar a quien; El pelo largo
y entrecano. Su camisa era de un color amarillo “aquí estoy” y pantalones
cortos color morado; por ultimo pude ver que calzaba alpargatas, que en la mano traía
una cerveza holandesa que aparentaba estar helada y que usaba gafas oscuras.
–Bueno,
lo último que recuerdo, es que era de noche, que estábamos en casa de Arturo
cenando carne asada, que me estaba tomando una cerveza y que me estaba riendo
como hacía mucho no sucedía. Eso es lo último que recuerdo-. no acababa de
decir eso cuando recordé a mi familia.
–Y mi esposa y mis hijas, ¿Qué va a ser de
ellas sin mi?-.pregunte angustiado.
–Me caes bien Rafa, acabas de morir y lo que
más te preocupa es tu familia; de hecho no me has preguntado ni quién soy, ni
cómo me llamo, me agradas.
Muchos
empiezan a preocuparse a dónde irán, si al cielo o al infierno; que si Dios,
que si el diablo. Que si sus familiares muertos, que si patatín patatán. De
hecho recuerdo que un recién llegado, le pidió a un colega, que inmediatamente
le presentara a John Lennon, claro eso no fue posible así de inmediato, pues
por que hay trámites……-. tuve que interrumpirlo preguntando
–¿Y mi familia?
-Primero
déjame presentarme, soy Luca tu ángel guardián; quien te trajo hasta aquí y
quien te llevará ante Dios en unos momentos.
Pero bueno
déjame aclaro tu duda: Tus hijas te van a recordar con mucho amor, hoy que ya
no estas con ellas les vas a hacer falta pero saldrán adelante, no te
preocupes.
En
cuanto a tu esposa, pues la noticia le proporcionará cierto alivio- No pude
evitar un gesto de molestia –. Vamos Rafa, no podemos ignorar el hecho que tu
matrimonio no andaba muy bien que digamos; tantos desacuerdos, tanta tensión
estaba acabando con su relación poco a poco y ninguno de los dos hacia nada por
arreglar las cosas. Pero bueno, si te sirve de consuelo, se sentirá culpable de
sentirse aliviada; y pasado el tiempo lamentará que no estés con ella.
–Y esto, ¿Es el paraíso?-. pregunte con
lagrimas en los ojos.
–No, pero ni remotamente, no hay palabras que
puedan describir la morada de Dios, esta es tu antesala, diseñada por El
especialmente para ti.
No me
digas que no reconoces el lugar, recuerdo que tu mismo lo pensaste la primera
vez que lo viste en fotografía: “Así debe ser el paraíso”. Eso fue lo que
dijiste, nunca te hiciste el verdadero propósito de llegar a ese lugar, pero
bueno, al final aquí estas y es solo para ti.
–Las Salinas
de Uyuni- .exclamé mientras incrédulo giraba lentamente en 180 grados. Donde el
cielo y el suelo se funden en uno solo, es hermoso; más hermoso de lo que se ve
en las fotos, más hermoso de lo que pude haber imaginado alguna vez. Sabes Luca, me hubiese gustado estar aquí, en
vida, con mi familia.
Luca le
dio un largo trago a su cerveza para después darme un par de palmadas en la
espalda
–Vamos
Rafa, hay camino que recorrer y Dios te esta esperando.
Frente a nosotros estaba ahora un carro de
golf.
–Anda sube-. me dijo Luca al tiempo que tomaba
asiento en el lado del conductor. ¡Ah! Pero antes pásame otra “Heineken” de la
hielera y pon esta botella vacía dentro por favor.
Así lo
hice y tras sentarme dentro del carrito iniciamos el camino. Durante el trayecto Luca me conto anécdotas
de mi vida, en especial de mi niñez y juventud; lloro conmigo un par de veces al
recordar los momentos tristes y reímos como dos niños cuando me recordó las
travesuras y los muy gratos momentos.
A punto
estábamos de comentar los sucesos del día de mi muerte, cuando ante nosotros ya
estaban dos enormes columnas de mármol blanco y tras de ellas y dándonos las
espalda, un hombre de vestido con lo que parecía era una túnica bastante usada
y que en algún tiempo había sido blanca, atada a la cintura con un burdo
cordel. Sobre su hombro izquierdo un manto color arena perfectamente doblado.
–Bueno
Rafa, hasta aquí llego yo-. dando un trago a su sexta cerveza, la vació por
completo y coloco el envase en la hielera. Si El quiere que nos volvamos a ver,
te encontraré aquí mismo, de otra manera quizá nos encontremos otra vez en el
paraíso.
Estoy
seguro que noto mis nervios, pues a continuación me dijo:
–No tienes nada que temer, es nuestro Padre,
es tu Padre y te ama como solo un Padre puede amar a un hijo; anda no lo hagas
esperar tuvo que esperar 49 años para que lo abrazaras de nuevo, anda.
Mis
pies se empezaron a mover inconscientemente y apenas cruce por el centro de las
dos columnas, el se dio la vuelta hacia mi, sonriéndome y abriéndome los
brazos. Corrí hacia El y lo abrace con fuerzas mientras estallaba en lagrimas.
Cuando pude tranquilizarme, me separé un poco y con sus manos me tomo ambos
hombros diciendo:
-Extrañaba
que me vieras a los ojos, como en este momento lo haces. No tienes idea de las
veces que estuve junto a ti viéndote así como ahora me ves y saber que tu no me
mirabas; el dolor que sentía al saber que la mayor parte de las veces ignorabas
que estaba contigo, en ti.
Su
oscura melena enmarcaba unos bondadosos ojos, en un rostro moreno de rasgos
indudablemente judíos; su sonrisa era franca, sincera, honesta. Fue entonces
que noté, que el entorno había cambiado, ahora estábamos en un campo de pastos
verdes, donde crecían gardenias, jazmines, azahares y otra vegetación
desconocida para mi pero que igual perfumaba el ambiente con fragancias
deliciosas. ¡Y los colores! Los colores eran tan vívidos, tan brillantes; que
casi los podía saborear.
-¿Eres Jesús,
El Cristo?-. pregunte tímidamente, a lo que El sonriendo contesto:
-Soy
aquel que tu corazón y tu mente, sienten y reconocen; pero ven, tenemos que
platicar. Caminemos un poco.
Note
que iba descalzo y que a su paso la vegetación se inclinaba hacia El, como
movida por una suave brisa, Su voz me saco de mis observaciones.
-Luca
te recordó pasajes de tu vida, ¿No es así?-. como respuesta moví mi cabeza en
forma de asentimiento. ¿Hay algo de lo que te arrepientas? preguntó sin dejar
de ver al horizonte.
-Si, de
muchas cosas-. conteste asintiendo con un nudo en la garganta, como respuesta
el paso su brazo izquierdo sobre mis hombros y dijo:
-Lo
reconoces y siento tu arrepentimiento, por eso estas perdonado. Sin embargo no
podrás entrar a mi casa; no en esta ocasión-. señaló hacia el frente, donde
crecía un enorme árbol de frondosa sombra.
-Bajo
ese árbol hay una banca, tomemos asiento y charlemos.
Dios quería platicar conmigo, en los pocos
metros que nos separaban del lugar señalado, no podía dejar de pensar: ¿Que
podría yo, platicar con Dios?
Ya bajo
la sombre de aquel árbol, la pregunta salió de mi boca sin pensarlo siquiera.
-¿No
podré entrar a Tu casa, por qué iré al infierno?-. el estalló en una carcajada,
y su risa me sonó como hermoso trinar de aves en un bello amanecer.
-No,
pocos van a ese lugar rutinario, aburrido, lleno de tedio. A ti te corresponde
regresar a la tierra; a la sorpresa de cada día, a observar amaneceres y
ocasos; a la aventura de lo que te puede estar esperando al doblar el camino-.no
tengo idea del gesto que pude haber hecho solo se que atine a preguntar:
-¿Entonces
aquellos que creen en la reencarnación, no están equivocados? Recargándose en
el respaldo de aquella burda, pero increíblemente cómoda banca de madera, cruzo
sus piernas.
-A su
manera todas las religiones y filosofías que te llevan a la Luz, están en lo
correcto. Ya te habrás dado cuenta que me gusta darles opciones, como también
sabes que tienen un regalo que no terminan de apreciar; el libre albedrío.
El problema
es que reconocen todas sus pequeñas diferencias, y las magnifican a tal grado
que olvidan su importante y única igualdad.
Brevemente
me puse de pie, para de nuevo tome asiento frente a El, en el pasto.
-¿Y cuál
es esa igualdad de la que hablas?
- Hablo
del amor, Rafael. Todos aman, el amor es el motor que mueve al mundo, cuando
regreses recuerda de amar, jamás dejes de dar amor.
-Tienes
razón, lo malo es que solo amamos a ciertas personas y los demás nos importan
un cacahuate-. Guarde silencio unos segundos y continúe. Me queda claro que
regresaré a la tierra, pero ¿Qué va a pasar? ¿Olvidaré todo, empezaré de cero?
No me queda claro.
Descruzando
las pierna inclino su cuerpo hasta apoyar los codos en sus rodillas y contestó:
-el ser
humano es la joya de mi creación, su alma es hermosamente enorme, es un
manantial de belleza y de infinita paz por que ahí habito; pero les cuesta
mucho conectarse a ella, les cuesta mucho conectarse conmigo.
Son
marineros sobre el barco que agradecen la brisa que refresca su rostro, pero
temen el hermoso océano que los rodea. Su alma, tu alma, conserva el
conocimiento y la experiencia de toda vivencia anterior; pero como te dije, no
acaban de sumergirse en ella y solo navegan en la superficie.
- ¿Y he
reencarnado muchas veces?
De nuevo se recargo sobre el respaldo de la
banca.
-En tu
escala, dirás que son muchas, pero solo has reencarnado 5 veces. Fuiste una
campesina de medio oriente, luego fuiste un legionario Romano poco antes de la
caída de aquel imperio…….-. me atreví a interrumpirlo.
-No
puedo recordar nada de eso, ¿Por qué no puedo recodarlo?
-Podrías
recordarlo si te quedaras aquí el tiempo suficiente, por eso regresas; tienes
que buscar en tu corazón las lecciones del pasado. Recuerda que la misión de
todo ser humano es dar amor sin reserva alguna, se vive para amar.
Se puso
de pie y dio un vistazo a su alrededor
–¿Sabes? En realidad somos solo tu y yo; tu
eres la humanidad y la humanidad se concentra en ti. Tu eres el homicida y
también eres la victima; Eres el médico, y también eres cada uno de sus
pacientes. Yo soy tu, y también tu eres yo-. Me dedico otra de sus sonrisas
diciéndome.
-De
nuevo, recuerda que les pido como Padre que los ama, que por favor se amen
entre ustedes como yo los amo. Y si les queda un poquito de amor, les
agradecería me lo dieran-. una lagrima bajo por su mejilla, me tendió su mano
para ayudarme a levantarme del pasto preguntando: ¿Me prometes que no lo
olvidaras?
Me fue imposible no llorar junto a El.
-Mi
Señor, no puedo prometer tal cosa; pero si puedo prometer buscarte cada día
dentro de mi y escuchar tu voz.
Como
respuesta beso mi frente y mis mejillas; y en un parpadeo, me encontré de nuevo
en la entrada de las columnas donde un Luca, medio briago, me esperaba sentado
en el carrito de golf; cigarro y “Heineken” en mano;
-¡Rafa,
bienvenido de nuevo a tu antesala; apúrate que nos vamos de nuevo a la
aventura!-. esta vez antes de subir al carro saque dos cervezas de la hielera,
una para Luca y otra para mi, tras secar mis lágrimas hicimos chocar los
envases.
-Y
ahora mi Luca, ¿A dónde vamos?-. Luca hizo gestos al más puro estilo de “Groucho”
-Eso
nos toca descubrirlo mi Rafa-. y tras arrancar violentamente gritó:
¡Ábranla
que venimos heridos, no los vayamos a salpicar!
Y así nos fuimos perdiendo en el horizonte de
las Salinas de Uyuni
miércoles, marzo 20, 2013
jueves, noviembre 15, 2012
Bouteille de vin
Bouteille de vin
La llovía caía leve sobre la ciudad de Colmar, a diferencia de otras personas, Armando gustaba de los días nublados y lluviosos, mas aun si estos estaban acompañados de frío. Saco la mitad de su cuerpo por el ventanal de la habitación, cerró los ojos y se dejo acariciar por la lluvia.
Por su mente empezaron a pasar imágenes de esos tiempos idos, estudiante en la ciudad de Monterrey, barrios y calles que han cambiado con el tiempo, algunos inexistentes ya, como “Las Palmitas”, los “Tacos Piratas” de la esquina de Guadalajara y Pablo González, al lado de donde antes viviera Juan Pablo.
Así como se fueron estos lugares, también se fue la tranquilidad al caminar por las calles y la confianza de la gente. Apoyó la barbilla sobre su pecho, y se dejo embriagar de nostalgia: ¿En qué punto se había perdido la inocencia? Al tiempo que pasaba la mano por su calva, alguien tocando a la puerta lo sacó de sus pensamientos. Sin secarse las gotas de lluvia, acudió a abrir la puerta.
–Bonne nuit Monsieur, traigo la botella de vino que ordenó–. Armando señaló hacia la mesa de centro de la pequeña sala. El camarero dejó el servicio en el lugar que le había sido indicado, y tras esperar la firma de la nota y la propina, salió sin decir palabra. El huésped llevaba varios días con ellos, no era muy dado a la charla y todas las noches a la misma hora ordenaba una botella de Riesling, nada más.
Como todas las noches, Armando hizo las copas a un lado y dio un trago del pico de la botella. Caminó de nuevo al ventanal y se apoyó en el marco. Su mirada se dirigió a las personas que estaban en la terraza del Les Bateliers, cruzando el canal, y cayó en cuenta de que la lluvia había cesado, y de nuevo dio un trago a la botella. Salió de su hotel para caminar por las calles empedradas de La Pequeña Venecia, Octubre es frio, así que bajó el abrigo y se aseguró traer la botella de tequila mexicano. Tanto significaba para él el rito del alcohol, que se consideraba a sí mismo un místico del alcohol. Por horas a tragos de tequila, recorrió las calles antiguas bordeadas con casa de colores y entramados de madera.
Por fin llegó a Rue Turenne y tras cruzar el puente, avanzó unos pasos más para dar vuelta por Place des 6 Montaignes Noir y la fuente de Roesselmann. Pasaba de la media noche, por eso no esperaba encontrar a nadie en la calle, pero justo en una banca de la plaza, frente a la cafetería de la esquina, se encontraba sentado un hombre que al escuchar sus pasos, giró levemente la cabeza y saludó. –Bonne Nuit Monsieur, quelle belle nuit–. Armando masculló un –Oui, belle nuit–, y siguió hacia su hotel. Pasaba detrás de la banca el desconocido preguntó: –Tourist?– . –Si, de México–, contestó sin perder paso. –Ah, México, hermoso país el suyo. He estado ahí en varias ocasiones. Siempre tratan bien al visitante. Pero vamos Monsieur, deténgase. Permítame regresarle un poco de hospitalidad a cambio de la que yo recibí allá en su bendita tierra–. Armando se detuvo y volteó a ver a su interlocutor. Este palmeó el espacio vacío a su lado y levantando una copa con vino dijo: –Venga, siéntese, deje que le invite una copa de este excelente Riesling. Además, pedí un delicioso queso de cabra, frutas y pan, le invito a departir conmigo–. Armando comenzó a caminar hacia la banca y debajo del fedora y la bufanda pudo ver el rostro del hombre. Anciano de cara bonachona, de ojos azules y sonrisa contagiosa. Cabello completamente blanco asomaba bajo el sombrero. Armando no pudo evitar sonreír al tiempo que tomaba la copa que le ofrecía el anciano. –Me llamo Armando–. El anciano estrechó su mano con un apretón fuerte y cálido. Tomó otra copa y tras llenarla propuso un brindis. –Bien, Armando de México, que le parece si brindamos por una bella noche, en una bella ciudad–. Ambos levantaron su copa y bebieron.–Ahora, ¿le apetece contarme que lo trae a Colmar?- . –Mi objetivo es escribir. No sobre la ciudad en sí, sino de los dramas que se entretejen a lo ancho y largo de la misma–. El anciano cortó un pedazo de pan, y lo ofreció a Armando. Este lo rechazó con un gesto. –Así que es usted escritor–. –Lo intento, que es algo que disfruto–. Armando vació la copa de un solo trago. –Disculpe, pero no escuche su nombre- el anciano le sonrió y contesto –Será por que no se lo dije, pero me puede llamar Abuelo- . –Bueno es un poco extraño lo que me pide, pero de acuerdo. Dígame abuelo, que lo trae a usted por estos rumbos?- sin chistar aquel contesto –La calma, en esta época la ciudad esta en calma. Cierre los ojos, y notará como puede escuchar el correr del agua de la fuente, y más al fondo, el agua del canal a nuestras espaldas-.
–¿Y qué es lo que escribe?–. –Últimamente cuentos y algunos artículos para una revista, pero mi sueño es publicar un libro. Y si estoy aquí es por la generosidad de un buen amigo, que me financió diciendo que quizá este era el lugar indicado para comenzar un libro. Hasta el momento no he podido hilar una sola frase–. El abuelo rio. –Vamos hijo, que le puedo yo decir más que siga intentando, que siga detrás de su sueño. Quienes no tienen sueños se marchitan, van muriendo lentamente por dentro. Hasta que no queda nada. Siga intentando, luche por ese sueño y no deje que la opinión de la gente lo detengan –Armando asintió con la cabeza y vacío de nuevo su copa –Vaya, nuestro amigo Mexicano tiene sed esta noche- dijo el abuelo riendo y tras vaciar el contenido de la botella en la copa de su amigo dijo –me ha de disculpar, pero siento que no hay calma dentro de usted- Armando bajó la mirada y contestó: –No Abuelo, no la hay. Estoy asqueado de lo que sucede en mi país. Estoy harto de la impunidad de ex gobernantes y gobernantes. Estoy cansado de la incongruencia y la hipocresía con la que vivimos por allá. Cada mexicano es cómplice del mismo mal. Y sobre todo estoy enfermo de haber visto correr tanta sangre–. El anciano le contestó: –Usted no puede acabar con el hambre, la pobreza y tantos males que aquejan a su país, y al mundo. No puede dejarse comer la cabeza con eso. Lo que debe hacer es encomendarse a Dios y pedirle que nos de entendimiento para seguir nuestro camino – al levantar su mirada se encontró con aquellos ojos azules, penetrantes, llenos de calidez y calma;
-Sabe abuelo, tiene razón y créame que lo he escuchado con atención, pero en este momento no puedo evitar pensar que lo he visto en otro lado- aquel hombre rio de nuevo y contesto –es posible que así sea, pero también es posible que me este confundiendo con alguien –Armando acerco mas su rostro al rostro del abuelo y dijo: –Estoy seguro que lo he visto antes, pero no, no es posible. La persona a la que me refiero, no…pues no– el abuelo palmeo sus rodillas diciendo –Ahí tiene, solo fue una confusión–.
–Oiga abuelo, es bastante tarde, y bueno, yo me estoy hospedando aquí a unos pasos en Le Maréchal. Pero usted, pues no se, a menos que vaya a dormir en Le Colombier, le espera un rato de caminata–. El abuelo se sirvió otra copa y dijo: –Platiquemos amigo mio, no se preocupe por mí–.
Por horas abrieron su corazón dos extraños frente a la fuente de Roesselmann. Cuando la madrugada estaba a punto de despuntar, un Armando ebrio le dice al anciano: –Cuando vaya a México, no deje de ir a visitarme– sacó su libreta de apuntes y garabateó su dirección y teléfono, cortando la hoja la extendió hacia el anciano –Aquí me puede encontrar, me daría mucho gusto que mi esposa y mis hijas conocieran al abuelo de Colmar, pero debo decirle su español no tiene tintes de francés– el abuelo palmeó el hombro de Armando y tomando el pedazo de papel dijo: –es que no soy francés, yo nací en Wadowice–. El abuelo comenzó a guardar los restos de la velada en su cesta al tiempo que se quitó el sombrero y la bufanda, y los colocó en la cabeza y cuello de Armando diciéndole por lo bajo: –Duerme hijo y descansa, encuentra en tu corazón a Dios y encontrarás la calma–. Levantó su cesta y se alejó caminando por la Rue Turenne.
El sol comenzó a bañar de luz las calles de la Pequeña Venecia, y el ruido de un camión repartidor provocó que Armando despertara. Notó que portaba el Fedora de aquel hombre y también vestía la bufanda. Con algo de trabajo de puso de pie, y tras acomodarse el sombrero y la bufanda, subió las solapas de su abrigo y caminó hacia su hotel. Al llegar a su cuarto y a pesar del dolor de cabeza por el vino y la desvelada, sacó su computadora y comenzó a escribir. Sentía la necesidad de hacerlo, como si las musas hubiesen llegado de golpe abrazándolo y diciéndole al oído lo que debía escribir. Tan inmerso estaba en su trabajo, que apenas notó los golpes en la puerta, hasta que estos se hicieron más fuertes. Maldiciendo se puso de pie y abrió. Frente a el, un camarero llevaba una botella de vino con un pequeño sobre. –Monsieur, disculpe que lo moleste, pero un caballero le acaba de dejar esto en recepción con la instrucción que se le entregara inmediatamente–. Armando tomó la botella y abrió el sobre, su mirada era de sorpresa. Ante el atónito camarero, le entregó de nuevo la botella y dejó caer la nota para salir corriendo hacia las escaleras. El camarero, curioso, levantó la nota y leyó: “Gracias por abrirme tu corazón, siempre estaré contigo y los tuyos. Karol Jósef Wojtyla”.
La llovía caía leve sobre la ciudad de Colmar, a diferencia de otras personas, Armando gustaba de los días nublados y lluviosos, mas aun si estos estaban acompañados de frío. Saco la mitad de su cuerpo por el ventanal de la habitación, cerró los ojos y se dejo acariciar por la lluvia.
Por su mente empezaron a pasar imágenes de esos tiempos idos, estudiante en la ciudad de Monterrey, barrios y calles que han cambiado con el tiempo, algunos inexistentes ya, como “Las Palmitas”, los “Tacos Piratas” de la esquina de Guadalajara y Pablo González, al lado de donde antes viviera Juan Pablo.
Así como se fueron estos lugares, también se fue la tranquilidad al caminar por las calles y la confianza de la gente. Apoyó la barbilla sobre su pecho, y se dejo embriagar de nostalgia: ¿En qué punto se había perdido la inocencia? Al tiempo que pasaba la mano por su calva, alguien tocando a la puerta lo sacó de sus pensamientos. Sin secarse las gotas de lluvia, acudió a abrir la puerta.
–Bonne nuit Monsieur, traigo la botella de vino que ordenó–. Armando señaló hacia la mesa de centro de la pequeña sala. El camarero dejó el servicio en el lugar que le había sido indicado, y tras esperar la firma de la nota y la propina, salió sin decir palabra. El huésped llevaba varios días con ellos, no era muy dado a la charla y todas las noches a la misma hora ordenaba una botella de Riesling, nada más.
Como todas las noches, Armando hizo las copas a un lado y dio un trago del pico de la botella. Caminó de nuevo al ventanal y se apoyó en el marco. Su mirada se dirigió a las personas que estaban en la terraza del Les Bateliers, cruzando el canal, y cayó en cuenta de que la lluvia había cesado, y de nuevo dio un trago a la botella. Salió de su hotel para caminar por las calles empedradas de La Pequeña Venecia, Octubre es frio, así que bajó el abrigo y se aseguró traer la botella de tequila mexicano. Tanto significaba para él el rito del alcohol, que se consideraba a sí mismo un místico del alcohol. Por horas a tragos de tequila, recorrió las calles antiguas bordeadas con casa de colores y entramados de madera.
Por fin llegó a Rue Turenne y tras cruzar el puente, avanzó unos pasos más para dar vuelta por Place des 6 Montaignes Noir y la fuente de Roesselmann. Pasaba de la media noche, por eso no esperaba encontrar a nadie en la calle, pero justo en una banca de la plaza, frente a la cafetería de la esquina, se encontraba sentado un hombre que al escuchar sus pasos, giró levemente la cabeza y saludó. –Bonne Nuit Monsieur, quelle belle nuit–. Armando masculló un –Oui, belle nuit–, y siguió hacia su hotel. Pasaba detrás de la banca el desconocido preguntó: –Tourist?– . –Si, de México–, contestó sin perder paso. –Ah, México, hermoso país el suyo. He estado ahí en varias ocasiones. Siempre tratan bien al visitante. Pero vamos Monsieur, deténgase. Permítame regresarle un poco de hospitalidad a cambio de la que yo recibí allá en su bendita tierra–. Armando se detuvo y volteó a ver a su interlocutor. Este palmeó el espacio vacío a su lado y levantando una copa con vino dijo: –Venga, siéntese, deje que le invite una copa de este excelente Riesling. Además, pedí un delicioso queso de cabra, frutas y pan, le invito a departir conmigo–. Armando comenzó a caminar hacia la banca y debajo del fedora y la bufanda pudo ver el rostro del hombre. Anciano de cara bonachona, de ojos azules y sonrisa contagiosa. Cabello completamente blanco asomaba bajo el sombrero. Armando no pudo evitar sonreír al tiempo que tomaba la copa que le ofrecía el anciano. –Me llamo Armando–. El anciano estrechó su mano con un apretón fuerte y cálido. Tomó otra copa y tras llenarla propuso un brindis. –Bien, Armando de México, que le parece si brindamos por una bella noche, en una bella ciudad–. Ambos levantaron su copa y bebieron.–Ahora, ¿le apetece contarme que lo trae a Colmar?- . –Mi objetivo es escribir. No sobre la ciudad en sí, sino de los dramas que se entretejen a lo ancho y largo de la misma–. El anciano cortó un pedazo de pan, y lo ofreció a Armando. Este lo rechazó con un gesto. –Así que es usted escritor–. –Lo intento, que es algo que disfruto–. Armando vació la copa de un solo trago. –Disculpe, pero no escuche su nombre- el anciano le sonrió y contesto –Será por que no se lo dije, pero me puede llamar Abuelo- . –Bueno es un poco extraño lo que me pide, pero de acuerdo. Dígame abuelo, que lo trae a usted por estos rumbos?- sin chistar aquel contesto –La calma, en esta época la ciudad esta en calma. Cierre los ojos, y notará como puede escuchar el correr del agua de la fuente, y más al fondo, el agua del canal a nuestras espaldas-.
–¿Y qué es lo que escribe?–. –Últimamente cuentos y algunos artículos para una revista, pero mi sueño es publicar un libro. Y si estoy aquí es por la generosidad de un buen amigo, que me financió diciendo que quizá este era el lugar indicado para comenzar un libro. Hasta el momento no he podido hilar una sola frase–. El abuelo rio. –Vamos hijo, que le puedo yo decir más que siga intentando, que siga detrás de su sueño. Quienes no tienen sueños se marchitan, van muriendo lentamente por dentro. Hasta que no queda nada. Siga intentando, luche por ese sueño y no deje que la opinión de la gente lo detengan –Armando asintió con la cabeza y vacío de nuevo su copa –Vaya, nuestro amigo Mexicano tiene sed esta noche- dijo el abuelo riendo y tras vaciar el contenido de la botella en la copa de su amigo dijo –me ha de disculpar, pero siento que no hay calma dentro de usted- Armando bajó la mirada y contestó: –No Abuelo, no la hay. Estoy asqueado de lo que sucede en mi país. Estoy harto de la impunidad de ex gobernantes y gobernantes. Estoy cansado de la incongruencia y la hipocresía con la que vivimos por allá. Cada mexicano es cómplice del mismo mal. Y sobre todo estoy enfermo de haber visto correr tanta sangre–. El anciano le contestó: –Usted no puede acabar con el hambre, la pobreza y tantos males que aquejan a su país, y al mundo. No puede dejarse comer la cabeza con eso. Lo que debe hacer es encomendarse a Dios y pedirle que nos de entendimiento para seguir nuestro camino – al levantar su mirada se encontró con aquellos ojos azules, penetrantes, llenos de calidez y calma;
-Sabe abuelo, tiene razón y créame que lo he escuchado con atención, pero en este momento no puedo evitar pensar que lo he visto en otro lado- aquel hombre rio de nuevo y contesto –es posible que así sea, pero también es posible que me este confundiendo con alguien –Armando acerco mas su rostro al rostro del abuelo y dijo: –Estoy seguro que lo he visto antes, pero no, no es posible. La persona a la que me refiero, no…pues no– el abuelo palmeo sus rodillas diciendo –Ahí tiene, solo fue una confusión–.
–Oiga abuelo, es bastante tarde, y bueno, yo me estoy hospedando aquí a unos pasos en Le Maréchal. Pero usted, pues no se, a menos que vaya a dormir en Le Colombier, le espera un rato de caminata–. El abuelo se sirvió otra copa y dijo: –Platiquemos amigo mio, no se preocupe por mí–.
Por horas abrieron su corazón dos extraños frente a la fuente de Roesselmann. Cuando la madrugada estaba a punto de despuntar, un Armando ebrio le dice al anciano: –Cuando vaya a México, no deje de ir a visitarme– sacó su libreta de apuntes y garabateó su dirección y teléfono, cortando la hoja la extendió hacia el anciano –Aquí me puede encontrar, me daría mucho gusto que mi esposa y mis hijas conocieran al abuelo de Colmar, pero debo decirle su español no tiene tintes de francés– el abuelo palmeó el hombro de Armando y tomando el pedazo de papel dijo: –es que no soy francés, yo nací en Wadowice–. El abuelo comenzó a guardar los restos de la velada en su cesta al tiempo que se quitó el sombrero y la bufanda, y los colocó en la cabeza y cuello de Armando diciéndole por lo bajo: –Duerme hijo y descansa, encuentra en tu corazón a Dios y encontrarás la calma–. Levantó su cesta y se alejó caminando por la Rue Turenne.
El sol comenzó a bañar de luz las calles de la Pequeña Venecia, y el ruido de un camión repartidor provocó que Armando despertara. Notó que portaba el Fedora de aquel hombre y también vestía la bufanda. Con algo de trabajo de puso de pie, y tras acomodarse el sombrero y la bufanda, subió las solapas de su abrigo y caminó hacia su hotel. Al llegar a su cuarto y a pesar del dolor de cabeza por el vino y la desvelada, sacó su computadora y comenzó a escribir. Sentía la necesidad de hacerlo, como si las musas hubiesen llegado de golpe abrazándolo y diciéndole al oído lo que debía escribir. Tan inmerso estaba en su trabajo, que apenas notó los golpes en la puerta, hasta que estos se hicieron más fuertes. Maldiciendo se puso de pie y abrió. Frente a el, un camarero llevaba una botella de vino con un pequeño sobre. –Monsieur, disculpe que lo moleste, pero un caballero le acaba de dejar esto en recepción con la instrucción que se le entregara inmediatamente–. Armando tomó la botella y abrió el sobre, su mirada era de sorpresa. Ante el atónito camarero, le entregó de nuevo la botella y dejó caer la nota para salir corriendo hacia las escaleras. El camarero, curioso, levantó la nota y leyó: “Gracias por abrirme tu corazón, siempre estaré contigo y los tuyos. Karol Jósef Wojtyla”.
jueves, noviembre 01, 2012
Un día como todos
De mi hermano en letras, canciones y aventuras:
UN DÍA COMO TODOS
Otro día más de prisas mañaneras. De dejar los niños en la escuela. De esperar en los semáforos sincronizados en rojo. De llegar y estacionar el carro frente al edificio de oficinas donde trabaja desde hace tanto tiempo. Una vez más, como en los últimos días, su auto se anda calentando. Abre la puerta, mira el reloj que le confirma que apenas llega, y deja para después la revisión bajo el cofre pues bien sabe de memoria que lo único que puede remediar las descomposturas de su viejo auto es el reemplazo. Pero ni hablar del asunto pues los gastos de la familia suman más que los ingresos desde hace tiempo, y las tarjetas de crédito se llevan buena parte de lo que pudiera ser un auto menos maltratado. En el camino hacia el viejo edificio saluda a varios de sus compañeros de trabajo. Hola aquí. Lo siento allá. Qué bien te ves con ese vestido pero nunca te lo diré, más allá. Va saludando a estos seres con los que comparte un espacio y un tiempo, pero ninguno de sus intereses. Las relaciones humanas se le han dificultado desde adolescente cuando se percató que sus argumentos eran sólo medio escuchados, que las compañías eran sólo por un rato y no era él quien marcaba el cómo, cuándo y dónde de la convivencia. Pero eso no le molestaba, pues se conformaba con muy poco. Y de eso sí le sobraba mucho en su aburrida existencia.
Paso tras paso sube las escaleras de la entrada. Recorre los pasillos. Otras escaleras. Otros pasillos. La mente en blanco, como apenas despertando, hasta llegar al cubículo que alberga todo lo que requiere para realizar su aportación a la empresa donde trabaja: un escritorio, una silla y una computadora. Más cerca del baño de lo que quisiera y más lejos de la impresora y la copiadora que cualquier otro, su cubículo era en su cabeza el monumento a la mediocridad. Era la suerte de perro que él pensaba que irremediablemente tenía. Con frecuencia en los aconteceres de su vida le tocaba lo más feo, lo más pesado, lo más ridículo, según sus propios estándares. Por ejemplo, su cubículo era en realidad el área atrapada entre mamparas de otras oficinas que pertenecían a los supervisores, seres éstos que decidieron ahorrar en nombre de la empresa y ubicarlo a él en ese receptáculo, su lugar de trabajo. O si se trataba de ir al cine le tocaba alguna persona de gran estatura frente a sí, o si no, sus palomitas eran las únicas rancias de las del grupo, o si no, era él quien debía esperar a que se terminara de hacer el aseo de los sanitarios que, de mala suerte, le toca justo cuando a él le dan ganas de ir al baño.
Es verdad que se siente desafortunado, pero es un superviviente nato. Sabe moverse por entre el pantano donde subsiste y en donde incluso consigue disfrutar algunas pocas cosas. Y lo mejor de lo mejor se encontraba justo en el trabajo: el chat. Desde que el chat se puso de moda con el internet, sentía que su pequeña cueva de tela acolchada y metal biselado tomaba una dimensión diferente que no le era para nada hostil, y hasta resultaba ventajoso el no tener ventanas, y que desde fuera del cubículo la visión fuera nula por el ángulo de la entrada. Podía con frecuencia e intensidad buscar en la red alguien con quien intercambiar algo, con suerte algo fuerte, y olvidarse un rato de su miserable existencia. Esa posibilidad de platicar con alguien que pudiera ser de otro continente, o que se encuentre a la vuelta por el corredor en alguna otra oficina, daba al chat la magia que motivaba sus sentidos. Se dice que muchas de las veces el interlocutor de un chat puede resultar todo excepto lo que aparenta en sus conversaciones electrónicas. Por eso resulta interesante para almas exploradoras como la suya, la única y verdadera alma pensante que le importa, que vale, que hay que alimentar, y todo lo demás es comparsa o la decoración del mal tiempo y mal espacio que le tocó vivir. Es de los que piensan que la justicia divina está torcida. Pues bien pudo haber nacido antes o después pero con dinero, entre niñas bonitas, de fiesta en fiesta, sin nunca haberse casado. Claro, porque dentro de sí está convencido de que si tan solo hubiese tenido un poco más de suerte desde niño, todo habría sido muy diferente. Su forma de pensar y de actuar. Y desde luego que no se hubiera casado con Evelena, o con cualquier otra. Piensa que la mala suerte lo ha deformado. Nadie más temible y sucio que su propia persona. Se sabe capaz de hacer lo más deshonesto e impúdico, pero la vida no le ha dado la oportunidad de hacerlo. Y al mismo tiempo nadie lo sabe. Ni su esposa. Ni sus hijos. Ni sus padres. Ni sus compañeros de trabajo. Ellos sólo ven la cara decente, sus acciones adecuadas. Solamente en sus sesiones de chat es capaz de dar rienda suelta a sus más secretas pasiones, y en ocasiones deja ver sus partes más radicales que él ha sabido disimular en su casa y en su trabajo. Por eso llegar a trabajar por la mañana no se le hace pesado. Hace un recorrido como zombie desde su cama hasta la entrada de su cubículo, ese pedazo olvidado de las oficinas, cerrado, sin ventanas. Es más, sin puerta. Destinado a un trabajo de poca monta en el que tiene que esforzarse al mínimo para recibir lo mínimo. El clásico juego de perder – perder. Su participación en el negocio se concreta a ingresar números en la computadora. Actualizar documentos controlados de la compañía. Hacer gráficas y reportes para personas que ni conoce. Pero él los hace casi siempre bien. En poco tiempo. Sin revelar la verdadera baja carga de trabajo que siempre ha tenido. Así, aprovecha las oportunidades que tiene para entablar esas conversaciones virtuales que tanto disfruta con la persona que ese día tenga la buena o la mala suerte de cruzarse por su camino. Él no era tan crédulo como su madre. Pero sí sentía que un día, tal vez no dentro de mucho, a través de un chat encontrará a una persona distinta. Misteriosa. Utópica e indefinible. Y así tal vez la relación con esa persona haga que finalmente le pida el divorcio a su esposa. Y deje a los niños con Evelena. Y así él pueda entonces renovarse. Conseguir otro trabajo más digno. Ganar más dinero. Y ser feliz. Lo intuía de una manera pesimista, pues en su fuero interno estaba convencido que su mala suerte se prolongaría por siempre, y de alguna manera le restituía no tener que hacer la canallada que seguramente haría si le saliera la oportunidad. Por eso jugaba. Porque los momios estaban en su contra. Porque era un perdedor.
Se sienta en su silla y deja las cosas que ha traído desde el carro. Cualquier cosa. El correo que recogió en el buzón al salir de su casa, lleno de cobros y estados de cuenta deudores. La comida que su Evelena le prepara a diario para no tener que separarse del cubículo y, según le ha dicho a ella, así ganar algo más de dinero, y ella se lo ha creído. Lejos está ella de imaginarse el verdadero motivo de su marido para no salir de su cueva durante las horas de descanso habituales. Revisa su correo electrónico para librarse de deberes y así transcurre el tiempo que le tocó vivir, sin que nada ni nadie desvíe la inercia misma del universo que se refrenda en este ser insignificante. Hubiese sido un día como cualquier otro, y de hecho lo era, cuando en el borde mismo del lado derecho del monitor un pequeño recuadro le aparece con un nombre misterioso que pide a "Predicador " confirmación de que le interesa una conversación furtiva en la red. Ese nombre misterioso era "Penélope".
Hola Penélope, buscas a alguien para platicar? / Hola Predicador, frecuentas este chat? / No, pero qué bueno que me distraes un poco, estaba aburrido. / En serio, donde estas? / En mi trabajo, pero hace rato que ya no hay nada que hacer. / Mira, que yo quisiera estar en otro lugar, que si fuera el tuyo, yo estaría feliz. / No sabes lo que dices, mi trabajo es el más aburrido del mundo… y tú, qué haces? / Estoy en mi casa. / Mmm… ama de casa? / Si. / Y los niños? / En la escuela. / Y el marido? / En el trabajo. / A caray, no vaya a resultar que soy yo. / Jajaja no creo. / A ver, cómo se llama el marido? / Sus iniciales son JE. / No, no soy yo. / Y tú? Eres casado? / Sí, pero me estoy divorciando. Tenemos tres niños. / Ándale, no tenían tele? / Pues no, la verdad es que no, sin tele y con mucho amor en aquel entonces… / Si, ya se, a mí también me pasa… Y cuantos niños? / Uno. / Mucha tele y nada de nada el marido… no? / Pues algo hay de eso. / Pues ya sabes que uno está para servir al necesitado y atender situaciones difíciles. / Mira que predicador me saliste, siempre les dices lo mismo a todas, no? / Qué pasó, qué pasó, más respetillo. Se lo ofrezco a usted como algo especial, con el afán de aliviar el dolor que se adivina luego luego, pero no ando a cada rato embaucando gente. / No, se ve que solamente es por tratarse de mí. / Desde luego, que no te quede la menor duda. / Ok, oye, nada de chamba tienes, qué suertudo, pues ni siquiera me dices espérame tantito. / Qué pasó, más respetillo. Lo que pasa es que ya tengo todo hecho desde hace rato y me doy mis escapadas para conocer gente interesante en estos barrios. / Y encuentras gente interesante? / Pues tú eres un ejemplo. / No me conoces. / Pues eso se remedia fácilmente, nomas dime dónde y cuándo. / De plano te lanzas duro mi querido predicador, no te andas con rodeos. / Para qué hacer esperar al cuerpo si de él vivimos. / Anda, ya le salió lo predicador. / Dónde y cuándo. / Ni que tuvieras tanta suerte. / A veces me mandan a hacer cosas fuera de la oficina y podríamos aprovechar el tiempo. / Haciendo qué? / Ah, quieres hacer un poco de cerebro, te voy diciendo cómo y por dónde? / Otro día porque ya tengo que irme. / Penélope, cuando quieras me encuentras. / Mañana a la misma hora. / Que tengas dulces sueños a la noche, ya que otra cosa parece que no tendrás. / Tú que sabes… bye.
Un día como todos, con chat y todo lo demás alrededor sucediendo. Ya veremos dijo un ciego, piensa y se levanta de su lugar para ir a buscar el remanso del baño, ese refugio de los que todo el día tienen que soportar un lugar de trabajo tan indeseable como el suyo.
Con todo cariño dedicado a mi querido Rafael Armando Castro Taboada, que en un intento de conquistar el gusto de sus lectores, salió conquistado por el gusto de escribir.
José Luis Segovia Garza. Saltillo, Coah. a 31 de Octubre de 2012.
UN DÍA COMO TODOS
Otro día más de prisas mañaneras. De dejar los niños en la escuela. De esperar en los semáforos sincronizados en rojo. De llegar y estacionar el carro frente al edificio de oficinas donde trabaja desde hace tanto tiempo. Una vez más, como en los últimos días, su auto se anda calentando. Abre la puerta, mira el reloj que le confirma que apenas llega, y deja para después la revisión bajo el cofre pues bien sabe de memoria que lo único que puede remediar las descomposturas de su viejo auto es el reemplazo. Pero ni hablar del asunto pues los gastos de la familia suman más que los ingresos desde hace tiempo, y las tarjetas de crédito se llevan buena parte de lo que pudiera ser un auto menos maltratado. En el camino hacia el viejo edificio saluda a varios de sus compañeros de trabajo. Hola aquí. Lo siento allá. Qué bien te ves con ese vestido pero nunca te lo diré, más allá. Va saludando a estos seres con los que comparte un espacio y un tiempo, pero ninguno de sus intereses. Las relaciones humanas se le han dificultado desde adolescente cuando se percató que sus argumentos eran sólo medio escuchados, que las compañías eran sólo por un rato y no era él quien marcaba el cómo, cuándo y dónde de la convivencia. Pero eso no le molestaba, pues se conformaba con muy poco. Y de eso sí le sobraba mucho en su aburrida existencia.
Paso tras paso sube las escaleras de la entrada. Recorre los pasillos. Otras escaleras. Otros pasillos. La mente en blanco, como apenas despertando, hasta llegar al cubículo que alberga todo lo que requiere para realizar su aportación a la empresa donde trabaja: un escritorio, una silla y una computadora. Más cerca del baño de lo que quisiera y más lejos de la impresora y la copiadora que cualquier otro, su cubículo era en su cabeza el monumento a la mediocridad. Era la suerte de perro que él pensaba que irremediablemente tenía. Con frecuencia en los aconteceres de su vida le tocaba lo más feo, lo más pesado, lo más ridículo, según sus propios estándares. Por ejemplo, su cubículo era en realidad el área atrapada entre mamparas de otras oficinas que pertenecían a los supervisores, seres éstos que decidieron ahorrar en nombre de la empresa y ubicarlo a él en ese receptáculo, su lugar de trabajo. O si se trataba de ir al cine le tocaba alguna persona de gran estatura frente a sí, o si no, sus palomitas eran las únicas rancias de las del grupo, o si no, era él quien debía esperar a que se terminara de hacer el aseo de los sanitarios que, de mala suerte, le toca justo cuando a él le dan ganas de ir al baño.
Es verdad que se siente desafortunado, pero es un superviviente nato. Sabe moverse por entre el pantano donde subsiste y en donde incluso consigue disfrutar algunas pocas cosas. Y lo mejor de lo mejor se encontraba justo en el trabajo: el chat. Desde que el chat se puso de moda con el internet, sentía que su pequeña cueva de tela acolchada y metal biselado tomaba una dimensión diferente que no le era para nada hostil, y hasta resultaba ventajoso el no tener ventanas, y que desde fuera del cubículo la visión fuera nula por el ángulo de la entrada. Podía con frecuencia e intensidad buscar en la red alguien con quien intercambiar algo, con suerte algo fuerte, y olvidarse un rato de su miserable existencia. Esa posibilidad de platicar con alguien que pudiera ser de otro continente, o que se encuentre a la vuelta por el corredor en alguna otra oficina, daba al chat la magia que motivaba sus sentidos. Se dice que muchas de las veces el interlocutor de un chat puede resultar todo excepto lo que aparenta en sus conversaciones electrónicas. Por eso resulta interesante para almas exploradoras como la suya, la única y verdadera alma pensante que le importa, que vale, que hay que alimentar, y todo lo demás es comparsa o la decoración del mal tiempo y mal espacio que le tocó vivir. Es de los que piensan que la justicia divina está torcida. Pues bien pudo haber nacido antes o después pero con dinero, entre niñas bonitas, de fiesta en fiesta, sin nunca haberse casado. Claro, porque dentro de sí está convencido de que si tan solo hubiese tenido un poco más de suerte desde niño, todo habría sido muy diferente. Su forma de pensar y de actuar. Y desde luego que no se hubiera casado con Evelena, o con cualquier otra. Piensa que la mala suerte lo ha deformado. Nadie más temible y sucio que su propia persona. Se sabe capaz de hacer lo más deshonesto e impúdico, pero la vida no le ha dado la oportunidad de hacerlo. Y al mismo tiempo nadie lo sabe. Ni su esposa. Ni sus hijos. Ni sus padres. Ni sus compañeros de trabajo. Ellos sólo ven la cara decente, sus acciones adecuadas. Solamente en sus sesiones de chat es capaz de dar rienda suelta a sus más secretas pasiones, y en ocasiones deja ver sus partes más radicales que él ha sabido disimular en su casa y en su trabajo. Por eso llegar a trabajar por la mañana no se le hace pesado. Hace un recorrido como zombie desde su cama hasta la entrada de su cubículo, ese pedazo olvidado de las oficinas, cerrado, sin ventanas. Es más, sin puerta. Destinado a un trabajo de poca monta en el que tiene que esforzarse al mínimo para recibir lo mínimo. El clásico juego de perder – perder. Su participación en el negocio se concreta a ingresar números en la computadora. Actualizar documentos controlados de la compañía. Hacer gráficas y reportes para personas que ni conoce. Pero él los hace casi siempre bien. En poco tiempo. Sin revelar la verdadera baja carga de trabajo que siempre ha tenido. Así, aprovecha las oportunidades que tiene para entablar esas conversaciones virtuales que tanto disfruta con la persona que ese día tenga la buena o la mala suerte de cruzarse por su camino. Él no era tan crédulo como su madre. Pero sí sentía que un día, tal vez no dentro de mucho, a través de un chat encontrará a una persona distinta. Misteriosa. Utópica e indefinible. Y así tal vez la relación con esa persona haga que finalmente le pida el divorcio a su esposa. Y deje a los niños con Evelena. Y así él pueda entonces renovarse. Conseguir otro trabajo más digno. Ganar más dinero. Y ser feliz. Lo intuía de una manera pesimista, pues en su fuero interno estaba convencido que su mala suerte se prolongaría por siempre, y de alguna manera le restituía no tener que hacer la canallada que seguramente haría si le saliera la oportunidad. Por eso jugaba. Porque los momios estaban en su contra. Porque era un perdedor.
Se sienta en su silla y deja las cosas que ha traído desde el carro. Cualquier cosa. El correo que recogió en el buzón al salir de su casa, lleno de cobros y estados de cuenta deudores. La comida que su Evelena le prepara a diario para no tener que separarse del cubículo y, según le ha dicho a ella, así ganar algo más de dinero, y ella se lo ha creído. Lejos está ella de imaginarse el verdadero motivo de su marido para no salir de su cueva durante las horas de descanso habituales. Revisa su correo electrónico para librarse de deberes y así transcurre el tiempo que le tocó vivir, sin que nada ni nadie desvíe la inercia misma del universo que se refrenda en este ser insignificante. Hubiese sido un día como cualquier otro, y de hecho lo era, cuando en el borde mismo del lado derecho del monitor un pequeño recuadro le aparece con un nombre misterioso que pide a "Predicador " confirmación de que le interesa una conversación furtiva en la red. Ese nombre misterioso era "Penélope".
Hola Penélope, buscas a alguien para platicar? / Hola Predicador, frecuentas este chat? / No, pero qué bueno que me distraes un poco, estaba aburrido. / En serio, donde estas? / En mi trabajo, pero hace rato que ya no hay nada que hacer. / Mira, que yo quisiera estar en otro lugar, que si fuera el tuyo, yo estaría feliz. / No sabes lo que dices, mi trabajo es el más aburrido del mundo… y tú, qué haces? / Estoy en mi casa. / Mmm… ama de casa? / Si. / Y los niños? / En la escuela. / Y el marido? / En el trabajo. / A caray, no vaya a resultar que soy yo. / Jajaja no creo. / A ver, cómo se llama el marido? / Sus iniciales son JE. / No, no soy yo. / Y tú? Eres casado? / Sí, pero me estoy divorciando. Tenemos tres niños. / Ándale, no tenían tele? / Pues no, la verdad es que no, sin tele y con mucho amor en aquel entonces… / Si, ya se, a mí también me pasa… Y cuantos niños? / Uno. / Mucha tele y nada de nada el marido… no? / Pues algo hay de eso. / Pues ya sabes que uno está para servir al necesitado y atender situaciones difíciles. / Mira que predicador me saliste, siempre les dices lo mismo a todas, no? / Qué pasó, qué pasó, más respetillo. Se lo ofrezco a usted como algo especial, con el afán de aliviar el dolor que se adivina luego luego, pero no ando a cada rato embaucando gente. / No, se ve que solamente es por tratarse de mí. / Desde luego, que no te quede la menor duda. / Ok, oye, nada de chamba tienes, qué suertudo, pues ni siquiera me dices espérame tantito. / Qué pasó, más respetillo. Lo que pasa es que ya tengo todo hecho desde hace rato y me doy mis escapadas para conocer gente interesante en estos barrios. / Y encuentras gente interesante? / Pues tú eres un ejemplo. / No me conoces. / Pues eso se remedia fácilmente, nomas dime dónde y cuándo. / De plano te lanzas duro mi querido predicador, no te andas con rodeos. / Para qué hacer esperar al cuerpo si de él vivimos. / Anda, ya le salió lo predicador. / Dónde y cuándo. / Ni que tuvieras tanta suerte. / A veces me mandan a hacer cosas fuera de la oficina y podríamos aprovechar el tiempo. / Haciendo qué? / Ah, quieres hacer un poco de cerebro, te voy diciendo cómo y por dónde? / Otro día porque ya tengo que irme. / Penélope, cuando quieras me encuentras. / Mañana a la misma hora. / Que tengas dulces sueños a la noche, ya que otra cosa parece que no tendrás. / Tú que sabes… bye.
Un día como todos, con chat y todo lo demás alrededor sucediendo. Ya veremos dijo un ciego, piensa y se levanta de su lugar para ir a buscar el remanso del baño, ese refugio de los que todo el día tienen que soportar un lugar de trabajo tan indeseable como el suyo.
Con todo cariño dedicado a mi querido Rafael Armando Castro Taboada, que en un intento de conquistar el gusto de sus lectores, salió conquistado por el gusto de escribir.
José Luis Segovia Garza. Saltillo, Coah. a 31 de Octubre de 2012.
jueves, octubre 25, 2012
Voces (2ª Parte y Final)
Luis entró a la cabina, y en la silla que había ocupado, se encontraba un tipo delgado con lentes oscuros al estilo Lennon, de melena larga y aspecto despreocupado. Vestía una playera con la leyenda “Aerosmith”, jeans, e inconfundibles zapatos “vagabundos”; su edad era difícil de adivinar. –No puedo negar que tienes buen gusto para esto de la música, ¿pero Sinatra?–. Dando un chasquido con los dedos las bocinas subieron su volumen al máximo y se empezó a escuchar “Twist and Shout” de los Beatles, acto seguido el tipo se puso de pie y comenzó a bailar twist mientras de su boca salía la mismísima voz de John Lennon, igualando el volumen de los parlantes. Luis se acercó a la silla provocando que aquel tipo retrocediera sin perder el ritmo, y canceló el volumen dejando que el silencio se apoderara de nuevo del lugar. –Mira, no se quien seas y no sé cómo entraste aquí, seguramente es una broma de Alberto y ya estuvo bueno. Puedes decirle que me logró sorprender y que tu imitación de Lennon es buenísima. Ahora, si me haces el favor, retírate por donde llegaste, de lo contrario tendré que llamarle a la policía y la bromita terminará muy mal para ti–. El tipo bajó sus lentes casi a la punta de su nariz, y sobre estos dirigió su mirada a Luis diciendo. –Por mi, adelante, es más– sacó un celular del bolsillo del pantalón y lo empujó en la mesa hacia su interlocutor, –usa mi teléfono, márcale a los de la “ley” y diles que tienes un intruso en la estación, pero antes explícame una cosa, ¿cómo es posible que escucháramos al cuarteto de Liverpool, si la canción no esta programada?–. Luis vio la pantalla y, efectivamente, su lista de canciones no había sido alterada. Mayor fue su sorpresa cuando aquel tipo, imitando a la perfección la voz de Sinatra, comenzó a cantar algo de lo que estaba en ese momento programado. Luis subió el volumen y parecía que el imitador sabía exactamente donde iba la canción, pues no corrigió nota. Asombrado Luis lo volteó a ver, y aquel simplemente movió las cejas y con el dedo índice colocó de nuevo los lentes en su sitio. –Sí, Luis, preguntas muchas preguntas, y te responderé la primera que estas a punto de hacer: soy un vendedor, sólo un vendedor, tengo para ti algo que puedes necesitar, o más bien que vas a necesitar–. Luis apenas iba a articular palabra y se vio interrumpido –y mi nombre es, ora veras, es que me han llamado de tantas formas que tengo que buscar el que más se adapte a tu entendimiento–. Ahora fue Luis el que lo interrumpió: –No me vengas con que eres el diablo–. El tipo, soltando una risa grotesca y hueca, imitó la voz de Fernando Soler y parodió: –Sí compadre, soy el diablo–, y de nuevo rio, solo que su risa fue interrumpida por un ataque de tos que luego calmó con un trago del “jaibol” de Luis. –Ahora que todo ya quedó claro, arrímate una silla que tenemos que hablar–. Tomó el celular de la mesa, lo guardó de nuevo en su pantalón, y continuó: –Gracias a mí, las distancias se han acortado y el planeta hoy es una aldea global. Los medios de comunicación manejan a las masas creando desinformación y todo marcha de acuerdo a mi plan, pero aún tengo un problemita: internet. Pero antes de continuar, sírvenos unos “jaibolitos”–. Al ver que Luis no movía un músculo, el tipo se puso de pie y comenzó a servir los tragos mientras seguía hablando: –Pues bien, mi problema son las estaciones como esta, crean opinión, programan música no comercial. Vaya, hacen que la audiencia recuerde tiempos mejores. Y eso no va de acuerdo con lo que tengo en mente–. Luis se pasó la mano por la cara y preguntó: –Y si eres quien dices ser, ¿porqué no simplemente provocas un incendio o algún accidente y destruyes la estación?–. Aquel tipo tomó los dos vasos y entregándole uno a Luis, y tras dar un trago a su bebida, contestó: –Ustedes los humanos me sobre estiman, tu fe y las demás me han hecho tan buena propaganda, que en su cabeza se ha quedado fija la idea que soy casi tan poderoso como el Padre o el Hijo, pero están muy equivocados, ¿sabes en qué radica mi fuerza?, ¿sí lo sabes, verdad? Mi fuerza radica en el mayor regalo que El les dio, malditos simios evolucionados– con la mano izquierda levanto su índice y señaló al techo, –Él les regaló el libre albedrio, y yo simplemente he tomado ventaja sobre un regalo que ustedes no han sabido apreciar–, dio un nuevo trago a su bebida y continuó: –Al contrario también de lo que muchos se imaginan, yo no ando apropiándome de cuerpos, ni tampoco influyo para que existan mensajes ocultos en algunas canciones, de esos que sólo pueden ser escuchados si el disco se toca en la dirección contraria. No Luis, yo soy sólo un vendedor. Toma por ejemplo la fusión atómica, ¡Hey! fue una gran idea, y sólo tuve que susurrar al oído de alguien con suficiente poder lo que esa energía podía destruir, y ya ustedes conocen dos de mis grandes obras contemporáneas, allá en las viejas Hiroshima y Nagasaki. Pero te insisto, no fui yo, fueron ustedes. Libre albedrío Luis, y en eso El no interviene–. Luis confundido y repentinamente agotado preguntó: –Y ¿qué es lo que quieres?–. –Tan sólo quiero que se unan a esta revolución, que su estación de radio se deje de estupideces y empiece a programar lo que se escucha en todos lados, que en lugar de formar opinión, le den a su audiencia una opinión formada. No los dejen pensar, piensen por ellos, eso es lo de hoy Luis–. Dejando su vaso sobre la mesa Luis negó con un movimiento de cabeza y dijo: –Lo siento mucho, yo no voy a entrar en este juego de destrucción, jamás he estado de acuerdo y no lo estaré; y te adelanto que tampoco Alberto te va a seguir la farsa–. –Ah Alberto!, no te preocupes por él. En estos momentos ya está tomando su decisión; y si tu respuesta es final, pues bueno, sólo me queda decir gracias por tu tiempo y hasta muy pronto–. Extendió su mano hacia Luis y este lo ignoró. El tipo se puso de pie, y en un parpadear estaba en la puerta de la cabina a las espaldas de Luis. –Sabes, es una lástima que tu mujer vaya a decidir tomar esa última taza de café, y qué coincidencia, un joven bastante tomado que estará en una reunión dominguera con amigos, se estará retirando, no sin antes llevarse un “six” de cerveza, tu sabes, para el camino. Los choques frontales son terribles Luis, terribles–. El extraño posó su mano en el hombro de Luis……..
Luis de un sobresalto despertó, sudaba a pesar de lo agradable de la temperatura. Checó su reloj y se dio cuenta que tan sólo habían pasado unos minutos después de la llamada de Alberto. Salió de la cabina y, atravesando la recepción bajo las escaleras, vio que todo estaba normal, tráfico de cualquier sábado en la noche y el ruido común de esas horas de la noche. Su corazón aún palpitaba con fuerza. Pasó sus dos manos por su rostro, y más tranquilo, subió de nuevo las escaleras mientras pensaba “qué pesadilla me acabo de aventar”. Sobre la mesa estaba su vaso de whisky aún a la mitad. De un trago lo vacío por completo, justo en el momento que Alberto entraba a la estación: –Qué pasó Luis, decidí hacerte compañía un poco más temprano. Íbamos a ir a cenar, pero a última hora cancelamos todo y aquí me tienes, Luis sonrió y tras saludar a Alberto se comenzó a servir otra bebida preguntando: –¿Te sirvo un alipus?–, Alberto dejó las cosas que traía sobre el refrigerador, en la recepción, contestando –ingrato, no ves que vengo seco–. Luis comenzó a preparar los tragos –sabes Alberto, acabo de tener una pesadilla de lo más loco: estaba aquí en la estación, y un tipo de lentes oscuros y greña larga–. Alberto palideció en ese momento e interrumpiéndolo preguntó: –¿playera de Aerosmith y jeans?–, ambos se quedaron viendo, mientras de nuevo el maldito silencio se hacia presente en la estación, silencio que fue roto por el sonido de la puerta al abrirse y una voz diciendo: Y bien caballeros, supongo ya me tienen su respuesta, ¿o no?
FIN
Luis de un sobresalto despertó, sudaba a pesar de lo agradable de la temperatura. Checó su reloj y se dio cuenta que tan sólo habían pasado unos minutos después de la llamada de Alberto. Salió de la cabina y, atravesando la recepción bajo las escaleras, vio que todo estaba normal, tráfico de cualquier sábado en la noche y el ruido común de esas horas de la noche. Su corazón aún palpitaba con fuerza. Pasó sus dos manos por su rostro, y más tranquilo, subió de nuevo las escaleras mientras pensaba “qué pesadilla me acabo de aventar”. Sobre la mesa estaba su vaso de whisky aún a la mitad. De un trago lo vacío por completo, justo en el momento que Alberto entraba a la estación: –Qué pasó Luis, decidí hacerte compañía un poco más temprano. Íbamos a ir a cenar, pero a última hora cancelamos todo y aquí me tienes, Luis sonrió y tras saludar a Alberto se comenzó a servir otra bebida preguntando: –¿Te sirvo un alipus?–, Alberto dejó las cosas que traía sobre el refrigerador, en la recepción, contestando –ingrato, no ves que vengo seco–. Luis comenzó a preparar los tragos –sabes Alberto, acabo de tener una pesadilla de lo más loco: estaba aquí en la estación, y un tipo de lentes oscuros y greña larga–. Alberto palideció en ese momento e interrumpiéndolo preguntó: –¿playera de Aerosmith y jeans?–, ambos se quedaron viendo, mientras de nuevo el maldito silencio se hacia presente en la estación, silencio que fue roto por el sonido de la puerta al abrirse y una voz diciendo: Y bien caballeros, supongo ya me tienen su respuesta, ¿o no?
FIN
jueves, octubre 18, 2012
Voces (1ª Parte)
Voces
Luis tenía verdadera pasión por la música. Alberto también. Eso fue clave que los llevó a formar una estación de radio, pues para ambos significaba la posibilidad de poner en práctica aquello para lo que se habían preparado y así nació Radio Elite. Luis, aprovechando que la familia estaba fuera de la ciudad, salió de su casa hacia la estación para transmitir un programa. En el camino pensó en la música que programaría, y si aún estaría la botella de “whiskey” que guardaba en la estación. Al llegar encendió la luz de la cabina de transmisión y dejó lo que traía en las manos sobre la mesa. Luego se dedicó a preparar el equipo, mientras a esos menesteres dedicaba su tiempo se percató de que había un silencio poco habitual. En voz alta, como queriendo romper el mutismo, dijo: –Raro, muy raro–; pero continuó con su tarea. Cuando estuvo todo listo, fue a buscar la botella.
El espacio se empezó a llenar con la voz de Sinatra y su orquesta. Luis dio un trago al primer “jaibol” de la tarde y cerró los ojos dejándose envolver por la música. Estaba tan absorto en las notas que salían de los parlantes que pegó un pequeño salto en la silla cuando sonó su teléfono móvil. –Bueno– contestó, para después escuchar la voz de Alberto –qué pasó Luis, no sabía que ibas a transmitir el día de hoy; oye aprovechando que estas ahí, por favor chécate si deje prendida la luz de mi oficina–. Con un simple movimiento si despegarse de la silla Luis comprobó que la luz estaba apagada. –No hay luz en tu oficina–. Alberto tardó un poco en contestar –Qué raro, estaba seguro la había dejado prendida. ¿Hasta qué hora le vas a dar?–. Eligiendo las canciones para el siguiente bloque de música Luis contestó: –No lo se, pero lo más seguro es que me quede buen rato; a lo mejor hasta la media noche, con eso de que estoy “soltero”, a lo mejor hasta le sigo un rato después de la hora de las brujas–. –Bueno, aquí te voy a estar escuchando un rato; a lo mejor por ahí te caigo, pero será un poco más tarde–. Luis dio un nuevo trago a su bebida y contestó: –Ok, si te decides yo ya abrí la botella de “baigon”; no’más traite una botanita–. Luis dio un largo trago a su bebida y acomodándose en la silla, de nuevo se dejó llevar por la música hacia la tierra de los recuerdos, cuando estudiaba su carrera, aquellas noches calurosas, en uno de tantos ejidos del estado…
- o -
Eran las 11:30 de la noche y la temperatura rondaba entre los 37 y 38 grados Celsius. Todavía la tierra bajo sus pies se sentía caliente, tras haber estado expuesta a más de 44 grados durante el día. Además no había la menor brisa y el silencio era abrumador. Maldita la hora en que la camioneta de la universidad se había descompuesto, obligándolo a pernoctar en aquel ejido en medio de la nada. Caminó hacia una noria, levantando una pequeña nube de polvo a cada paso. Luego bajó la cubeta con cuidado de no hacer ruido, pero ante el sepulcral silencio, el malacate sonaba como el chirriar de las ruedas de una locomotora. Por fin tubo la cubeta llena de agua en sus manos, y lentamente vacío el contenido sobre su cabeza. ¿Cómo podía dormir esta pobre gente con estos malditos calores?, se preguntaba mientras se recargaba en la noria dejando que el agua escurriera hacia el suelo. Un ruido a su izquierda lo hizo enderezarse. –Ta’duro el calorcito, ¿verdá, Inge?–, pregunto Don Isabel (mejor conocido por Chabel), quien amablemente lo invitó a dormir en el cobertizo bajo el enorme huizache. –Don Chabel, espero no haberlos despertado a usted y a su familia con el ruido del malacate; es que uno no esta acostumbrado a estos calores–. El campesino sacó una cajetilla de “faros”, y tras ofrecerle a Luis y pasarle fuego, empezaron a fumar. –No se apure Inge, yo sólo me levanté a ver si estaba bien y venía pa’cá cuando lo vi caminando pa’la noria; pa’ustedes ta’difícil aguantar “la calor”, uno ya esta acostumbrado–. –Sabe Don Chabel, más canijo que aguantar estos calorones de noche, es aguantar el silencio. Esto está tan callado que no’más se oye un zumbido en los oídos–. Ambos se recargaron contra la noria. –Ese zumbido del que “usté” habla, no es más que un truco de la mente– dijo Chabel mientras se tocaba la sien con el dedo índice, –pa’no escuchar lo que de verdá se oye en las noches como esta–. A Luis le gustaba escuchar a la gente del campo y sus historias, aunque no se las tomaba al pie de la letra. Así que lo invitó a continuar con su relato. –¿Y qué es lo que realmente se escucha en las noches así de calladas? –. –Murmullos Inge, de “munchas” voces que hablan entre ellas, que se cuentan cosas de todos los tiempos. Pero si las voces notan que alguien las escucha se quedan calladitas y uno no’más vuelve a escuchar el zumbido ese y su propio resollar. Por eso, pa’escucharlas, tiene que andar uno serenito como cuando anda cazando güajolote, hay que tener “muncha pacencia”, ser rápido y tener suerte–. Interesado, pero incrédulo Luis preguntó: –¿Entonces cómo se le hace para escuchar esas voces?–. Chabel dio una fumada a su cigarro y contestó: –Como le dije, “pacencia”, rapidez y suerte. Hay que practicar “muncho”, y al tiempo verá cómo las escucha sin que se den cuenta y cómo entenderá lo que se dicen–. Luis dio una última fumada al cigarro y lo tiró al suelo para aplastarlo con la bota. –¿Y usted las escucha, Don Chabel? –. –No’más cuando todo está silencio, como “orita”; pero “pus” como estoy hablando con “usté”, pus no las oigo– el campesino tiró el cigarro al suelo y lo apagó de un certero escupitajo. –Bueno Inge, trate de dormir; tempranito echamos a “volar su mueble” pa’que se regrese al pueblo; que tenga buenas noches–, pero antes de retirarse, Chabel advirtió: –No’más una cosa Inge, si trata de escuchar las voces tenga mucho cuidado–. Luis contestó con una pregunta: –¿Cuidado por qué? No le entiendo–. Chabel sonrió y contestó: –Por que no hay voces sin un cuerpo… si me entiende, ¿verdad?– y soltando una carcajada se alejó hacia su jacalito…
- o -
El ruido de alguien subiendo las escaleras volvió a Luis a la realidad. Canceló por completo el sonido de las bocinas y pudo escuchar los pasos de alguien en las escaleras, seguramente era Alberto que decidió adelantar su llegada, sólo que los pasos eran más lentos. Seguramente venía cargado. Así que se levantó saliendo de la cabina, para abrir la puerta cerrada con llave. –Qué bueno que llegas Beto, ya me estaba dando hambre y ni cacahuates…–, dijo mientras abría la puerta, sólo que detrás de la puerta no había persona alguna. Nada. Nadie. Ni siquiera se escuchaba el ruido de la ciudad. De nuevo sólo estaba ahí ese zumbido en sus oídos.
Dejando la puerta abierta bajó las escaleras hasta la calle, y comprobó tres cosas: que nadie había subido, que no había un alma en las calles y que el silencio era casi absoluto, sólo interrumpido por el ruido de sus pasos. De regreso, mientras subía las escaleras, volvió a recordar la historia de Chabel e hizo un esfuerzo para librar sus tímpanos de aquel sonido y justo al llegar a la puerta de la estación pudo escuchar las voces. Ahí estaban, eran cientos, miles de ellas en un murmurar constante, inentendible, caótico. Se imaginó como niño escondiéndose para escuchar una conversación de adultos, y se dio cuenta que caminaba tratando de no hacer ruido dirigiéndose a la cabina; esto tenia que grabarlo. A escasos pasos de entrar a la cabina, los murmullos disminuyeron de intensidad para dar paso a una voz que de inmediato Luis ubicó: –Creo Luis, que esta vez tendrás tarea para tratar de explicarte lo que esta pasando, porque al final de cuentas Chabel tenía razón, no hay voces sin cuerpo. Y de la grabación, olvídalo; no registrarías más que tu propia respiración y el ruido del fondo–.
Continuará…….
Luis tenía verdadera pasión por la música. Alberto también. Eso fue clave que los llevó a formar una estación de radio, pues para ambos significaba la posibilidad de poner en práctica aquello para lo que se habían preparado y así nació Radio Elite. Luis, aprovechando que la familia estaba fuera de la ciudad, salió de su casa hacia la estación para transmitir un programa. En el camino pensó en la música que programaría, y si aún estaría la botella de “whiskey” que guardaba en la estación. Al llegar encendió la luz de la cabina de transmisión y dejó lo que traía en las manos sobre la mesa. Luego se dedicó a preparar el equipo, mientras a esos menesteres dedicaba su tiempo se percató de que había un silencio poco habitual. En voz alta, como queriendo romper el mutismo, dijo: –Raro, muy raro–; pero continuó con su tarea. Cuando estuvo todo listo, fue a buscar la botella.
El espacio se empezó a llenar con la voz de Sinatra y su orquesta. Luis dio un trago al primer “jaibol” de la tarde y cerró los ojos dejándose envolver por la música. Estaba tan absorto en las notas que salían de los parlantes que pegó un pequeño salto en la silla cuando sonó su teléfono móvil. –Bueno– contestó, para después escuchar la voz de Alberto –qué pasó Luis, no sabía que ibas a transmitir el día de hoy; oye aprovechando que estas ahí, por favor chécate si deje prendida la luz de mi oficina–. Con un simple movimiento si despegarse de la silla Luis comprobó que la luz estaba apagada. –No hay luz en tu oficina–. Alberto tardó un poco en contestar –Qué raro, estaba seguro la había dejado prendida. ¿Hasta qué hora le vas a dar?–. Eligiendo las canciones para el siguiente bloque de música Luis contestó: –No lo se, pero lo más seguro es que me quede buen rato; a lo mejor hasta la media noche, con eso de que estoy “soltero”, a lo mejor hasta le sigo un rato después de la hora de las brujas–. –Bueno, aquí te voy a estar escuchando un rato; a lo mejor por ahí te caigo, pero será un poco más tarde–. Luis dio un nuevo trago a su bebida y contestó: –Ok, si te decides yo ya abrí la botella de “baigon”; no’más traite una botanita–. Luis dio un largo trago a su bebida y acomodándose en la silla, de nuevo se dejó llevar por la música hacia la tierra de los recuerdos, cuando estudiaba su carrera, aquellas noches calurosas, en uno de tantos ejidos del estado…
- o -
Eran las 11:30 de la noche y la temperatura rondaba entre los 37 y 38 grados Celsius. Todavía la tierra bajo sus pies se sentía caliente, tras haber estado expuesta a más de 44 grados durante el día. Además no había la menor brisa y el silencio era abrumador. Maldita la hora en que la camioneta de la universidad se había descompuesto, obligándolo a pernoctar en aquel ejido en medio de la nada. Caminó hacia una noria, levantando una pequeña nube de polvo a cada paso. Luego bajó la cubeta con cuidado de no hacer ruido, pero ante el sepulcral silencio, el malacate sonaba como el chirriar de las ruedas de una locomotora. Por fin tubo la cubeta llena de agua en sus manos, y lentamente vacío el contenido sobre su cabeza. ¿Cómo podía dormir esta pobre gente con estos malditos calores?, se preguntaba mientras se recargaba en la noria dejando que el agua escurriera hacia el suelo. Un ruido a su izquierda lo hizo enderezarse. –Ta’duro el calorcito, ¿verdá, Inge?–, pregunto Don Isabel (mejor conocido por Chabel), quien amablemente lo invitó a dormir en el cobertizo bajo el enorme huizache. –Don Chabel, espero no haberlos despertado a usted y a su familia con el ruido del malacate; es que uno no esta acostumbrado a estos calores–. El campesino sacó una cajetilla de “faros”, y tras ofrecerle a Luis y pasarle fuego, empezaron a fumar. –No se apure Inge, yo sólo me levanté a ver si estaba bien y venía pa’cá cuando lo vi caminando pa’la noria; pa’ustedes ta’difícil aguantar “la calor”, uno ya esta acostumbrado–. –Sabe Don Chabel, más canijo que aguantar estos calorones de noche, es aguantar el silencio. Esto está tan callado que no’más se oye un zumbido en los oídos–. Ambos se recargaron contra la noria. –Ese zumbido del que “usté” habla, no es más que un truco de la mente– dijo Chabel mientras se tocaba la sien con el dedo índice, –pa’no escuchar lo que de verdá se oye en las noches como esta–. A Luis le gustaba escuchar a la gente del campo y sus historias, aunque no se las tomaba al pie de la letra. Así que lo invitó a continuar con su relato. –¿Y qué es lo que realmente se escucha en las noches así de calladas? –. –Murmullos Inge, de “munchas” voces que hablan entre ellas, que se cuentan cosas de todos los tiempos. Pero si las voces notan que alguien las escucha se quedan calladitas y uno no’más vuelve a escuchar el zumbido ese y su propio resollar. Por eso, pa’escucharlas, tiene que andar uno serenito como cuando anda cazando güajolote, hay que tener “muncha pacencia”, ser rápido y tener suerte–. Interesado, pero incrédulo Luis preguntó: –¿Entonces cómo se le hace para escuchar esas voces?–. Chabel dio una fumada a su cigarro y contestó: –Como le dije, “pacencia”, rapidez y suerte. Hay que practicar “muncho”, y al tiempo verá cómo las escucha sin que se den cuenta y cómo entenderá lo que se dicen–. Luis dio una última fumada al cigarro y lo tiró al suelo para aplastarlo con la bota. –¿Y usted las escucha, Don Chabel? –. –No’más cuando todo está silencio, como “orita”; pero “pus” como estoy hablando con “usté”, pus no las oigo– el campesino tiró el cigarro al suelo y lo apagó de un certero escupitajo. –Bueno Inge, trate de dormir; tempranito echamos a “volar su mueble” pa’que se regrese al pueblo; que tenga buenas noches–, pero antes de retirarse, Chabel advirtió: –No’más una cosa Inge, si trata de escuchar las voces tenga mucho cuidado–. Luis contestó con una pregunta: –¿Cuidado por qué? No le entiendo–. Chabel sonrió y contestó: –Por que no hay voces sin un cuerpo… si me entiende, ¿verdad?– y soltando una carcajada se alejó hacia su jacalito…
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El ruido de alguien subiendo las escaleras volvió a Luis a la realidad. Canceló por completo el sonido de las bocinas y pudo escuchar los pasos de alguien en las escaleras, seguramente era Alberto que decidió adelantar su llegada, sólo que los pasos eran más lentos. Seguramente venía cargado. Así que se levantó saliendo de la cabina, para abrir la puerta cerrada con llave. –Qué bueno que llegas Beto, ya me estaba dando hambre y ni cacahuates…–, dijo mientras abría la puerta, sólo que detrás de la puerta no había persona alguna. Nada. Nadie. Ni siquiera se escuchaba el ruido de la ciudad. De nuevo sólo estaba ahí ese zumbido en sus oídos.
Dejando la puerta abierta bajó las escaleras hasta la calle, y comprobó tres cosas: que nadie había subido, que no había un alma en las calles y que el silencio era casi absoluto, sólo interrumpido por el ruido de sus pasos. De regreso, mientras subía las escaleras, volvió a recordar la historia de Chabel e hizo un esfuerzo para librar sus tímpanos de aquel sonido y justo al llegar a la puerta de la estación pudo escuchar las voces. Ahí estaban, eran cientos, miles de ellas en un murmurar constante, inentendible, caótico. Se imaginó como niño escondiéndose para escuchar una conversación de adultos, y se dio cuenta que caminaba tratando de no hacer ruido dirigiéndose a la cabina; esto tenia que grabarlo. A escasos pasos de entrar a la cabina, los murmullos disminuyeron de intensidad para dar paso a una voz que de inmediato Luis ubicó: –Creo Luis, que esta vez tendrás tarea para tratar de explicarte lo que esta pasando, porque al final de cuentas Chabel tenía razón, no hay voces sin cuerpo. Y de la grabación, olvídalo; no registrarías más que tu propia respiración y el ruido del fondo–.
Continuará…….
jueves, octubre 11, 2012
Resaca (2ª Parte y Final)
Resaca, segunda parte y final
El bastón del golf cayó de la mano de Rafa y su rostro palideció. –¿No estarás hablando en serio, verdad? No, definitivamente no puedes estar… ¿eres Luca, verdad? No puedes estar hablando en serio… aún soy joven. Hay muchas cosas que me faltan por hacer. Yo tengo…–. El ángel lo interrumpió diciendo –Rafael, estoy hablando muy en serio, y no, ya no eres un joven, tienes 48 años, pero gracias a los excesos tu organismo se siente como de 70 años. Y si, por lo regular al momento de partir quedan muchas cosas sin hacer, muchas palabras sin decir, muchos abrazos sin dar, muchos perdones sin conceder, mucho amor sin entregar. Pero qué te puedo decir, todos los días ahí estaba yo, hablándote al oído, y tú siempre me oíste, pero nunca me escuchaste. Bueno, todo aquello pendiente, que quisiste hacer pero no hiciste quedará en una simple intención. Existen trillones y trillones de cosas que quedan en simple intención, esa es la verdad. Porque tú, como todos los humanos, creen que son eternos, hasta que llega su ángel por ustedes y en ese momento se dan cuenta que es hora de cambiar sus fichas, que la partida terminó, pero ¡oh sorpresa!, no hay fichas qué cambiar, y el tallador del casino…–, el ángel se puso de pie y como si viera una cámara en el techo hizo unos movimientos de manos, los usuales de cualquier tallador de cartas al terminar su turno, –el tallador del casino sólo dice como despedida: buena suerte señor–. Y de nuevo se dejó caer en el sillón. Rafa tomó asiento lentamente, al lado de su ángel, y mientras balbuceaba, tratando de decir algo, el ángel continuó: –Recordaste mi nombre, milagro–. Luca extendió su mano hacia Rafa, y este la estrechó de manera automática. Luca continuó hablando: –Tal vez recuerdas qué forma tan simpática balbuceabas mi nombre cuando pequeño. No sabes cómo añoro los días en que, cuando bebé, platicábamos por horas y como sonreías siempre. Extraño cómo te asombraban los diarios descubrimientos de esa etapa. Extraño cómo jugábamos juntos, siendo yo el amigo imaginario que muchos niños dicen tener. Y como sucede siempre, empezaste a crecer y poco a poco perdiste la capacidad de asombro, poco a poco se fuiste separando de mi hasta convertirme en una idea romántica–. Luca dejó escapar un suspiro: –Extraño mucho cuando después de rezar al lado de tu madre la oración que nuestro Padre nos enseñó, rezabas: ángel de mi guarda, mi dulce “compamía” no me desampares, ni de noche ni de día, porque soy chiquito y me perdería”–. En ese momento Rafa salió de su trance: –¿De verdad voy a morir?–. Un dolor agudo en el pecho le hizo llevar su mano derecha hacia la izquierda de su pecho. –Así es que voy a morir de un ataque al corazón, ¿verdad?– preguntó Rafa cuyo semblante palidecía conforme transcurrían los minutos. Luca contestó con calma, mientras se ponía de pie y se dirigía hacia el ventanal de la sala: –De hecho vas a morir de un colapso masivo de tu organismo, sientes que es un paro cardiaco, pero no, en realidad tu hígado ha colapsado pues un tapón de grasa está por bloquear el flujo de sangre a tu cerebro. Y sí, al final tu corazón va a reventar, literalmente reventar. Créeme, son pocos los que logran descomponer a tal grado lo que muchas veces llamaste una obra de ingeniería perfecta, y lo que Dios llama su imagen y semejanza. Pero bueno, tienes dos minutos para respuestas. Vine para llevarte y después me tocan vacaciones antes de que nos encontremos en otro plano para ayudarte a establecerte sin el mazacote de tejidos y fluidos que ahora te hacen ser tú–. Con paso lento Luca se puso frente a Rafa y sentándose en la mesa de centro continuó: –Y bien, ¿alguna pregunta?–. Rafa negó con un movimiento de su cabeza y se puso de pie para caminar hasta la barra de la cocina donde había una extensión telefónica y comenzó a marcar.
Luca le dijo: –Sólo tienes dos minutos–. Mientras se establecía la comunicación, Rafa habló. –Tengo que despedirme de mis hijas, de mi esposa–. Luca interrumpió: –Ex esposa querrás decir–. Haciendo caso omiso, Rafa continuó: –Dios mío, ¿qué les voy a decir? No sé qué decirles–, y colgó el teléfono para preguntar: –¿Qué va a ser de ellas sin mí?–.
Luca como respuesta se encogió de hombros y se puso de pie para caminar hacia el pequeño bar y tomar un puño de cacahuates. Rafa le preguntó: –El que estés aquí quiere decir que voy a ir al cielo?–. Luca que comía despreocupado los cacahuates le contestó: –Eso no te lo puedo decir. Mira, mi tarea es llevarte a lo que es una antesala del lugar final, ahí tendrás la oportunidad de hacer una revisión de lo que fue tu vida y tú mismo sabrás para donde tienes que ir. Y antes de que me lo preguntes te lo anticipo: si hay infierno–. Rafa pidió: –Descríbemelo por favor–. Luca termino sus cacahuates y frotándose las manos para limpiarse comenzó a decir: –Para empezar no tiene fuego. No hay demonios torturando y el ángel caído es un tipo perverso. De hecho el clima siempre es perfecto. Se tienen muchas cosas materiales, todo en demasía; mi opinión personal es que no hay lugar más aburrido que el infierno, todos tienen de todo en exceso y por la eternidad muchos siguen vacíos por dentro. Algo maravilloso de este asunto es que el libre albedrío sigue existiendo, sigue siendo prerrogativa humana, y cuando se dan cuenta de ese vacío es cuando empieza su verdadera desgracia. En realidad son pocos los que llegan a darse cuenta de ello, y siempre tendrán la opción de acercarse al Creador y él los acoge en su casa de inmediato–. Rafa tenía los ojos entrecerrados y las manos apoyadas en la barra, la cabeza inclinada hacia su pecho, y deleitándose de esa descripción, y ya pensando en su siguiente pregunta: –Y el cielo, ¿cómo es?–. Luca se acercó a su lado y pasando el brazo derecho sobre los hombros de Rafa, contestó: –El cielo es un lugar hermoso, te levantas escuchando al creador a través de sus creaciones en un concierto de sonidos, colores, olores y sensaciones más allá de lo humanamente posible, y las noches se encargan de arrullarte, y los días cantan lluvias y copos de nieve. Tu mente siempre está aprendiendo, el alimento viaja de ida y vuelta emborrachando todos los sentidos. Como te lo había comentado ya, en el cielo conservas tu libre albedrío, la diferencia es que yo ya no estaré para aconsejarte, pues te encuentras disfrutando del amor de Dios en un estado de gracia de tal forma que todas tus decisiones son puras y hermosas… es por eso que ahí ya no me necesitas–. Rafa sabía que no quedaba mucho tiempo, así que sólo hizo una última pregunta: –¿Y porqué tu eres el que viene por mí, y no mi padre o alguno de mis abuelos?–. Luca tomó un cigarro de una cajetilla tirada en el suelo de la cocina, y tras encenderlo en la estufa, y darle una fumada dijo: –Aahhh! Hacía mucho tiempo que no probaba uno de estos… déjame contestar tu pregunta. Cuando estás disfrutando de la bondad y amor infinito de Dios te sientes como cuando te enamoras la primera vez en tu etapa de humano sobre la Tierra, sólo que multiplicado por infinitas sensaciones a las que antes no tenías acceso. Es tarea de nosotros, los ángeles guardianes, llevar a las almas a su próxima etapa. Todos aquellos que te amaron y a los que tu amaste, te están esperando a lo largo del camino, no te preocupes, los verás a todos y cada uno de ellos. Bueno Rafa, ya es hora–.
El mortal sintió como si lo hubieran golpeado en la cabeza con un tubo relleno de concreto. Un terrible dolor en su costado lo hizo doblarse y cayó al piso de rodillas. Segundos antes de desplomarse por completo en el suelo, sólo alcanzó a murmurar: –Perdóname Señor–. Sintió las manos de Luca rozándole la frente y llegó la oscuridad.
Una luz brillante golpeó los ojos de Rafa, que lentamente se incorporó de la cama. Semi cegado pudo escuchar el sonido del mar y el ruido de voces. Tenía la boca pastosa y estaba cubierto en sudor. Sentía un leve dolor de cabeza y tremenda sed. Desorientado se puso de pie con los ojos entrecerrados encontró la puerta de salida de aquella habitación, y para su fortuna sobre a la barra de una cocineta encontró una botella de agua bajo la cual estaba una nota. Apuró el contenido de la botella, y con esfuerzos leyó la nota que decía: “Estoy con las niñas en la alberca, te esperamos”. De nueva cuenta se dirigió a la habitación y en el baño encontró las prendas que alguien había preparado previamente para él. Tras darse un ducha se vistió y tomando el ascensor se dirigió a la alberca. Antes de llegar pasó por una palapa que servía como bar, y al cruzar por un costado de la misma, escuchó una voz: –Rafa, vaya hora de despertar amigo–. Para su sorpresa ahí estaba Luca, en el mismo atuendo que recordaba y disfrutando de (¿la misma?) piña colada. Rafa asombrado se acercó a paso rápido, y situándose a un lado de Luca le preguntó: –¿Es esto el paraíso?–. Luca dio un sorbo a su piña colada (y tras un:¡Ah, que rico!), señalando hacia la alberca donde se encontraba su familia le contestó con otra pregunta;
–Dímelo tú amigo mio, ¿así lo crees? –. En la alberca, sus hijas y su esposa jugaban y reían. Rafa volteó de nuevo para ver a Luca, pero antes de que pudiera decir algo, este último le dijo: –Como te lo mencioné, tienes suerte. Has sido elegido. Me han instruido para revelarte el motivo de mi presencia en el mismo tiempo y en el mismo espacio que ocupas. Deja de desperdiciar tu vida en cosas insignificantes. Abraza el amor. Vive plenamente y entrégate sin reservas como si fuese el cada día el último día. Hoy estoy aquí sólo para decirte que todo ser humano vive para ser feliz y buscar hacer felices a los demás, es todo.–
Luca se puso de pie y dándole una palmada en le espalda comenzó a alejarse por el camino hacia el lobby del hotel. Rafa sonrió mientras algunas lágrimas asomaban ya por el borde de sus ojos. –¿Te volveré a ver?–. Luca levantó su mano en señal de despedida y si voltearlo a ver, Rafa escuchó que dijo mientras se alejaba: –Siempre estoy contigo, y ya ves, es muy fácil lograr escucharme. Ahora ve y abraza a tu familia. Recuerda lo que te dije de la felicidad y sobre hacer felices a los demás–.
Rafa comenzó a caminar hacia su familia y fue cuando sus hijas al verlo gritaron al mismo tiempo: ¡Papi!.
El bastón del golf cayó de la mano de Rafa y su rostro palideció. –¿No estarás hablando en serio, verdad? No, definitivamente no puedes estar… ¿eres Luca, verdad? No puedes estar hablando en serio… aún soy joven. Hay muchas cosas que me faltan por hacer. Yo tengo…–. El ángel lo interrumpió diciendo –Rafael, estoy hablando muy en serio, y no, ya no eres un joven, tienes 48 años, pero gracias a los excesos tu organismo se siente como de 70 años. Y si, por lo regular al momento de partir quedan muchas cosas sin hacer, muchas palabras sin decir, muchos abrazos sin dar, muchos perdones sin conceder, mucho amor sin entregar. Pero qué te puedo decir, todos los días ahí estaba yo, hablándote al oído, y tú siempre me oíste, pero nunca me escuchaste. Bueno, todo aquello pendiente, que quisiste hacer pero no hiciste quedará en una simple intención. Existen trillones y trillones de cosas que quedan en simple intención, esa es la verdad. Porque tú, como todos los humanos, creen que son eternos, hasta que llega su ángel por ustedes y en ese momento se dan cuenta que es hora de cambiar sus fichas, que la partida terminó, pero ¡oh sorpresa!, no hay fichas qué cambiar, y el tallador del casino…–, el ángel se puso de pie y como si viera una cámara en el techo hizo unos movimientos de manos, los usuales de cualquier tallador de cartas al terminar su turno, –el tallador del casino sólo dice como despedida: buena suerte señor–. Y de nuevo se dejó caer en el sillón. Rafa tomó asiento lentamente, al lado de su ángel, y mientras balbuceaba, tratando de decir algo, el ángel continuó: –Recordaste mi nombre, milagro–. Luca extendió su mano hacia Rafa, y este la estrechó de manera automática. Luca continuó hablando: –Tal vez recuerdas qué forma tan simpática balbuceabas mi nombre cuando pequeño. No sabes cómo añoro los días en que, cuando bebé, platicábamos por horas y como sonreías siempre. Extraño cómo te asombraban los diarios descubrimientos de esa etapa. Extraño cómo jugábamos juntos, siendo yo el amigo imaginario que muchos niños dicen tener. Y como sucede siempre, empezaste a crecer y poco a poco perdiste la capacidad de asombro, poco a poco se fuiste separando de mi hasta convertirme en una idea romántica–. Luca dejó escapar un suspiro: –Extraño mucho cuando después de rezar al lado de tu madre la oración que nuestro Padre nos enseñó, rezabas: ángel de mi guarda, mi dulce “compamía” no me desampares, ni de noche ni de día, porque soy chiquito y me perdería”–. En ese momento Rafa salió de su trance: –¿De verdad voy a morir?–. Un dolor agudo en el pecho le hizo llevar su mano derecha hacia la izquierda de su pecho. –Así es que voy a morir de un ataque al corazón, ¿verdad?– preguntó Rafa cuyo semblante palidecía conforme transcurrían los minutos. Luca contestó con calma, mientras se ponía de pie y se dirigía hacia el ventanal de la sala: –De hecho vas a morir de un colapso masivo de tu organismo, sientes que es un paro cardiaco, pero no, en realidad tu hígado ha colapsado pues un tapón de grasa está por bloquear el flujo de sangre a tu cerebro. Y sí, al final tu corazón va a reventar, literalmente reventar. Créeme, son pocos los que logran descomponer a tal grado lo que muchas veces llamaste una obra de ingeniería perfecta, y lo que Dios llama su imagen y semejanza. Pero bueno, tienes dos minutos para respuestas. Vine para llevarte y después me tocan vacaciones antes de que nos encontremos en otro plano para ayudarte a establecerte sin el mazacote de tejidos y fluidos que ahora te hacen ser tú–. Con paso lento Luca se puso frente a Rafa y sentándose en la mesa de centro continuó: –Y bien, ¿alguna pregunta?–. Rafa negó con un movimiento de su cabeza y se puso de pie para caminar hasta la barra de la cocina donde había una extensión telefónica y comenzó a marcar.
Luca le dijo: –Sólo tienes dos minutos–. Mientras se establecía la comunicación, Rafa habló. –Tengo que despedirme de mis hijas, de mi esposa–. Luca interrumpió: –Ex esposa querrás decir–. Haciendo caso omiso, Rafa continuó: –Dios mío, ¿qué les voy a decir? No sé qué decirles–, y colgó el teléfono para preguntar: –¿Qué va a ser de ellas sin mí?–.
Luca como respuesta se encogió de hombros y se puso de pie para caminar hacia el pequeño bar y tomar un puño de cacahuates. Rafa le preguntó: –El que estés aquí quiere decir que voy a ir al cielo?–. Luca que comía despreocupado los cacahuates le contestó: –Eso no te lo puedo decir. Mira, mi tarea es llevarte a lo que es una antesala del lugar final, ahí tendrás la oportunidad de hacer una revisión de lo que fue tu vida y tú mismo sabrás para donde tienes que ir. Y antes de que me lo preguntes te lo anticipo: si hay infierno–. Rafa pidió: –Descríbemelo por favor–. Luca termino sus cacahuates y frotándose las manos para limpiarse comenzó a decir: –Para empezar no tiene fuego. No hay demonios torturando y el ángel caído es un tipo perverso. De hecho el clima siempre es perfecto. Se tienen muchas cosas materiales, todo en demasía; mi opinión personal es que no hay lugar más aburrido que el infierno, todos tienen de todo en exceso y por la eternidad muchos siguen vacíos por dentro. Algo maravilloso de este asunto es que el libre albedrío sigue existiendo, sigue siendo prerrogativa humana, y cuando se dan cuenta de ese vacío es cuando empieza su verdadera desgracia. En realidad son pocos los que llegan a darse cuenta de ello, y siempre tendrán la opción de acercarse al Creador y él los acoge en su casa de inmediato–. Rafa tenía los ojos entrecerrados y las manos apoyadas en la barra, la cabeza inclinada hacia su pecho, y deleitándose de esa descripción, y ya pensando en su siguiente pregunta: –Y el cielo, ¿cómo es?–. Luca se acercó a su lado y pasando el brazo derecho sobre los hombros de Rafa, contestó: –El cielo es un lugar hermoso, te levantas escuchando al creador a través de sus creaciones en un concierto de sonidos, colores, olores y sensaciones más allá de lo humanamente posible, y las noches se encargan de arrullarte, y los días cantan lluvias y copos de nieve. Tu mente siempre está aprendiendo, el alimento viaja de ida y vuelta emborrachando todos los sentidos. Como te lo había comentado ya, en el cielo conservas tu libre albedrío, la diferencia es que yo ya no estaré para aconsejarte, pues te encuentras disfrutando del amor de Dios en un estado de gracia de tal forma que todas tus decisiones son puras y hermosas… es por eso que ahí ya no me necesitas–. Rafa sabía que no quedaba mucho tiempo, así que sólo hizo una última pregunta: –¿Y porqué tu eres el que viene por mí, y no mi padre o alguno de mis abuelos?–. Luca tomó un cigarro de una cajetilla tirada en el suelo de la cocina, y tras encenderlo en la estufa, y darle una fumada dijo: –Aahhh! Hacía mucho tiempo que no probaba uno de estos… déjame contestar tu pregunta. Cuando estás disfrutando de la bondad y amor infinito de Dios te sientes como cuando te enamoras la primera vez en tu etapa de humano sobre la Tierra, sólo que multiplicado por infinitas sensaciones a las que antes no tenías acceso. Es tarea de nosotros, los ángeles guardianes, llevar a las almas a su próxima etapa. Todos aquellos que te amaron y a los que tu amaste, te están esperando a lo largo del camino, no te preocupes, los verás a todos y cada uno de ellos. Bueno Rafa, ya es hora–.
El mortal sintió como si lo hubieran golpeado en la cabeza con un tubo relleno de concreto. Un terrible dolor en su costado lo hizo doblarse y cayó al piso de rodillas. Segundos antes de desplomarse por completo en el suelo, sólo alcanzó a murmurar: –Perdóname Señor–. Sintió las manos de Luca rozándole la frente y llegó la oscuridad.
Una luz brillante golpeó los ojos de Rafa, que lentamente se incorporó de la cama. Semi cegado pudo escuchar el sonido del mar y el ruido de voces. Tenía la boca pastosa y estaba cubierto en sudor. Sentía un leve dolor de cabeza y tremenda sed. Desorientado se puso de pie con los ojos entrecerrados encontró la puerta de salida de aquella habitación, y para su fortuna sobre a la barra de una cocineta encontró una botella de agua bajo la cual estaba una nota. Apuró el contenido de la botella, y con esfuerzos leyó la nota que decía: “Estoy con las niñas en la alberca, te esperamos”. De nueva cuenta se dirigió a la habitación y en el baño encontró las prendas que alguien había preparado previamente para él. Tras darse un ducha se vistió y tomando el ascensor se dirigió a la alberca. Antes de llegar pasó por una palapa que servía como bar, y al cruzar por un costado de la misma, escuchó una voz: –Rafa, vaya hora de despertar amigo–. Para su sorpresa ahí estaba Luca, en el mismo atuendo que recordaba y disfrutando de (¿la misma?) piña colada. Rafa asombrado se acercó a paso rápido, y situándose a un lado de Luca le preguntó: –¿Es esto el paraíso?–. Luca dio un sorbo a su piña colada (y tras un:¡Ah, que rico!), señalando hacia la alberca donde se encontraba su familia le contestó con otra pregunta;
–Dímelo tú amigo mio, ¿así lo crees? –. En la alberca, sus hijas y su esposa jugaban y reían. Rafa volteó de nuevo para ver a Luca, pero antes de que pudiera decir algo, este último le dijo: –Como te lo mencioné, tienes suerte. Has sido elegido. Me han instruido para revelarte el motivo de mi presencia en el mismo tiempo y en el mismo espacio que ocupas. Deja de desperdiciar tu vida en cosas insignificantes. Abraza el amor. Vive plenamente y entrégate sin reservas como si fuese el cada día el último día. Hoy estoy aquí sólo para decirte que todo ser humano vive para ser feliz y buscar hacer felices a los demás, es todo.–
Luca se puso de pie y dándole una palmada en le espalda comenzó a alejarse por el camino hacia el lobby del hotel. Rafa sonrió mientras algunas lágrimas asomaban ya por el borde de sus ojos. –¿Te volveré a ver?–. Luca levantó su mano en señal de despedida y si voltearlo a ver, Rafa escuchó que dijo mientras se alejaba: –Siempre estoy contigo, y ya ves, es muy fácil lograr escucharme. Ahora ve y abraza a tu familia. Recuerda lo que te dije de la felicidad y sobre hacer felices a los demás–.
Rafa comenzó a caminar hacia su familia y fue cuando sus hijas al verlo gritaron al mismo tiempo: ¡Papi!.
jueves, octubre 04, 2012
Resaca (1ª Parte)
Resaca
Los rayos del sol se colaban por entre las persianas vistiendo la habitación de claro-oscuros que engañaban la vista de cualquiera. La opacidad revelaba poco de lo que estaba sucediendo ahí dentro. Respiraciones entrecortadas; sábanas que suben y bajan; una mosca; miles de motas de polvo infinitesimales volando por el cuarto y deslizándose sobre los rayos de luz para pasar de un lado a otro de la penumbra. Muy despacio fue despertando del profundo sueño en que se encontraba, y cuando su olfato cobró sentido, percibió un fuerte olor a Whisky que le indicaba que estaba en su medio. Poco a poco se fue incorporando. La cabeza le quería estallar, típico. Los ojos parecían querer escapar de sus orbitas. Y el maldito zumbido en los oídos. Sabía que el olor a alcohol provenía del vaso sobre la mesa a un lado de su cama. También sabía que aún vestía la ropa de la noche anterior. Por supuesto que también sabía que su cuerpo pedía agua a gritos desde hacía ya bastantes días. Y desechó todas esas ideas que le recordaban cosas que sólo le atañen a quien porta una existencia como la suya, y a pesar de las lacerantes pulsaciones de su cabeza, dirigió sus lastimosos pasos hacia la cocina.
A su paso por la sala, en su camino a la cocina, pudo observar que una sombra se proyectaba por sobre la de los muebles, y se sorprendió al notar que una cabeza humana sobrepasaba el love seat. Una persona se encontraba sentada cómodamente en el sillón que solía ser su favorito, y sobresaltado sólo atinó a balbucear: –Ah, su pu…– pero antes de que pudiera terminar la frase, el dueño de la cabeza misteriosa puso un dedo frente a su boca y dijo: –¡Shhh!, ¿O es que quieres despertar a los vecinos?–. –¿Quién chingados eres, y qué chingados estás haciendo en mi departamento?–, preguntó Rafa, buscando con la vista algo para defenderse. Por fin encontró algo que pudiera lastimar en caso de ser necesario, así que tomó con su mano un plumero que estaba abandonado a su suerte en el piso. Aquel individuo que vestía una camisa al estilo Hawái, bermudas blancas y sandalias “de metedera”, de muy buena manera contestó: –Soy uno de tus mejores amigos, y créeme, ese plumero no te va a servir para nada–. Rafa se desentendió del plumero, y en un ágil movimiento, se lanzó en pos de un bastón de golf que igualmente estaba regado por ahí. Ahora sí, más seguro de sí mismo, sintiéndose armado de a de veras, dijo con el aplomo que le permitía su corazón que latía vertiginoso: –Sé quiénes son mis amigos, y si no me contestas quién eres, te juro que te parto la madre en este mismo momento–. El vestido de turista hawaiano tomó el vaso que tenía en la mesa de centro, al parecer con una piña colada con todo y su pedacito de piña natural encajado en el borde, y tras darle un trago le hizo una pregunta: –¿Te acuerdas aquella vez que estabas desesperado por no encontrar trabajo? Bueno, fui yo quien impedí que te aventaras desde las alturas y te quitaras la vida–. –No sé cómo te enteraste de ese rollo, pero tú no eres la persona que me libró de eso. Esa persona fue un gran amigo– contestó Rafa aún sosteniendo con las dos manos el bastón y con los músculos tensos para soltar el primer golpe. –Ajá. Exacto. Un gran amigo. ¡Ah! Y la vez que paraste tu camioneta a la orilla de la carretera, ¿recuerdas?, casi llegando a Piedras Negras, para recoger tu teléfono que había caído al piso, y te agachaste justo en el momento para esquivar aquella piedra que entró volando por la ventana abierta, y fue a romper el cristal del lado del pasajero. Si te acuerdas de eso, ¿no? fue hace como cinco años y tres meses y ocho días. Dime, ¿cómo iba a saber yo esto que te acabo de decir? ¿eh?–. –Fuiste tú el hijo de perra que me aventó la pedrada, ¿verdad? Sabrá Dios desde hace cuánto tiempo me estas vigilando–. –Es lo único sensato que has atinado a decir el día de hoy. Te estoy vigilando desde el preciso momento en que fuiste concebido. Es mi tarea y obligación. Mira, deja ese bastón de golf y siéntate, respira hondo tres veces, y escucha bien lo que voy a decirte–. –Este es el sueño más loco que he tenido. Puedes decirme lo que tú quieras, sabiendo que estoy en medio de un sueño puedo ahora escuchar lo que sea. Lo que digas en realidad no importa, pues tu asunto, me imagino, será tenerme en este sueño hasta que se me pase el dolor de cabeza que tengo–. Rafa recibió un hielo de lleno en el rostro y sintió un dolor agudo, que primero lo sorprendió, pero de inmediato lo puso en guardia de nuevo. –¿Qué tan real te pareció eso, eh?, ¿todavía piensas que estás en un sueño?–. Apenas el otro iba a contestar, cuando el ángel lanzó otro hielo que dio blanco en la nariz de Rafa. –¡Hey güey, ya párale! Está bien, esto no es un sueño. Ahora empiezo a asustarme de a de veras–. El ángel sonrió y le dijo: –Mi querido Rafa, no tienes por qué tener miedo. Como te dije alguna vez, soy tu ángel guardián. Tienes suerte, has sido elegido. Me han instruido para revelarte el motivo de mi presencia en el mismo tiempo y en el mismo espacio que ocupas–, y el ángel se acabo de un trago su piña colada y continuó: –Rafa, vengo a llevarte conmigo. No te asustes, todo va a salir muy bien. Confía en mí. Confía en Dios. En unos minutos dejarás este plano existencial. Cambiarás de formato y tu alma migrará hacia otra dimensión. En pocas palabras, y para que me entiendas, dentro de un rato vas a colgar los tenis–.
Continuara…………..
Los rayos del sol se colaban por entre las persianas vistiendo la habitación de claro-oscuros que engañaban la vista de cualquiera. La opacidad revelaba poco de lo que estaba sucediendo ahí dentro. Respiraciones entrecortadas; sábanas que suben y bajan; una mosca; miles de motas de polvo infinitesimales volando por el cuarto y deslizándose sobre los rayos de luz para pasar de un lado a otro de la penumbra. Muy despacio fue despertando del profundo sueño en que se encontraba, y cuando su olfato cobró sentido, percibió un fuerte olor a Whisky que le indicaba que estaba en su medio. Poco a poco se fue incorporando. La cabeza le quería estallar, típico. Los ojos parecían querer escapar de sus orbitas. Y el maldito zumbido en los oídos. Sabía que el olor a alcohol provenía del vaso sobre la mesa a un lado de su cama. También sabía que aún vestía la ropa de la noche anterior. Por supuesto que también sabía que su cuerpo pedía agua a gritos desde hacía ya bastantes días. Y desechó todas esas ideas que le recordaban cosas que sólo le atañen a quien porta una existencia como la suya, y a pesar de las lacerantes pulsaciones de su cabeza, dirigió sus lastimosos pasos hacia la cocina.
A su paso por la sala, en su camino a la cocina, pudo observar que una sombra se proyectaba por sobre la de los muebles, y se sorprendió al notar que una cabeza humana sobrepasaba el love seat. Una persona se encontraba sentada cómodamente en el sillón que solía ser su favorito, y sobresaltado sólo atinó a balbucear: –Ah, su pu…– pero antes de que pudiera terminar la frase, el dueño de la cabeza misteriosa puso un dedo frente a su boca y dijo: –¡Shhh!, ¿O es que quieres despertar a los vecinos?–. –¿Quién chingados eres, y qué chingados estás haciendo en mi departamento?–, preguntó Rafa, buscando con la vista algo para defenderse. Por fin encontró algo que pudiera lastimar en caso de ser necesario, así que tomó con su mano un plumero que estaba abandonado a su suerte en el piso. Aquel individuo que vestía una camisa al estilo Hawái, bermudas blancas y sandalias “de metedera”, de muy buena manera contestó: –Soy uno de tus mejores amigos, y créeme, ese plumero no te va a servir para nada–. Rafa se desentendió del plumero, y en un ágil movimiento, se lanzó en pos de un bastón de golf que igualmente estaba regado por ahí. Ahora sí, más seguro de sí mismo, sintiéndose armado de a de veras, dijo con el aplomo que le permitía su corazón que latía vertiginoso: –Sé quiénes son mis amigos, y si no me contestas quién eres, te juro que te parto la madre en este mismo momento–. El vestido de turista hawaiano tomó el vaso que tenía en la mesa de centro, al parecer con una piña colada con todo y su pedacito de piña natural encajado en el borde, y tras darle un trago le hizo una pregunta: –¿Te acuerdas aquella vez que estabas desesperado por no encontrar trabajo? Bueno, fui yo quien impedí que te aventaras desde las alturas y te quitaras la vida–. –No sé cómo te enteraste de ese rollo, pero tú no eres la persona que me libró de eso. Esa persona fue un gran amigo– contestó Rafa aún sosteniendo con las dos manos el bastón y con los músculos tensos para soltar el primer golpe. –Ajá. Exacto. Un gran amigo. ¡Ah! Y la vez que paraste tu camioneta a la orilla de la carretera, ¿recuerdas?, casi llegando a Piedras Negras, para recoger tu teléfono que había caído al piso, y te agachaste justo en el momento para esquivar aquella piedra que entró volando por la ventana abierta, y fue a romper el cristal del lado del pasajero. Si te acuerdas de eso, ¿no? fue hace como cinco años y tres meses y ocho días. Dime, ¿cómo iba a saber yo esto que te acabo de decir? ¿eh?–. –Fuiste tú el hijo de perra que me aventó la pedrada, ¿verdad? Sabrá Dios desde hace cuánto tiempo me estas vigilando–. –Es lo único sensato que has atinado a decir el día de hoy. Te estoy vigilando desde el preciso momento en que fuiste concebido. Es mi tarea y obligación. Mira, deja ese bastón de golf y siéntate, respira hondo tres veces, y escucha bien lo que voy a decirte–. –Este es el sueño más loco que he tenido. Puedes decirme lo que tú quieras, sabiendo que estoy en medio de un sueño puedo ahora escuchar lo que sea. Lo que digas en realidad no importa, pues tu asunto, me imagino, será tenerme en este sueño hasta que se me pase el dolor de cabeza que tengo–. Rafa recibió un hielo de lleno en el rostro y sintió un dolor agudo, que primero lo sorprendió, pero de inmediato lo puso en guardia de nuevo. –¿Qué tan real te pareció eso, eh?, ¿todavía piensas que estás en un sueño?–. Apenas el otro iba a contestar, cuando el ángel lanzó otro hielo que dio blanco en la nariz de Rafa. –¡Hey güey, ya párale! Está bien, esto no es un sueño. Ahora empiezo a asustarme de a de veras–. El ángel sonrió y le dijo: –Mi querido Rafa, no tienes por qué tener miedo. Como te dije alguna vez, soy tu ángel guardián. Tienes suerte, has sido elegido. Me han instruido para revelarte el motivo de mi presencia en el mismo tiempo y en el mismo espacio que ocupas–, y el ángel se acabo de un trago su piña colada y continuó: –Rafa, vengo a llevarte conmigo. No te asustes, todo va a salir muy bien. Confía en mí. Confía en Dios. En unos minutos dejarás este plano existencial. Cambiarás de formato y tu alma migrará hacia otra dimensión. En pocas palabras, y para que me entiendas, dentro de un rato vas a colgar los tenis–.
Continuara…………..
jueves, septiembre 20, 2012
Sin Aliento (3ª Parte y Final)
Sin aliento (3ª y última parte)
–¿Y cómo se supone que sabes todo eso?– preguntó Gustavo un poco incómodo al constatar que su interlocutor no era ordinario, porque de alguna manera conocía aspectos de su vida íntima. –Ya se lo dije, veo y escucho. La calle es mi mundo y Dios es mi patrón. Yo llegué aquí arriba con su misma intención, pero ya ve, terminé quedándome con este “penjaus”–, y soltó una larga carcajada. –Pero, venga, lo invito a la sala– dijo Luca, y Gustavo, tras recoger su saco de la cornisa, comenzó a seguirlo. Llegaron frente a una banca improvisada de tarimas de madera y cajas de cartón, y como dos viejos amigos se sentaron a conversar. Entre tragos de ron y cigarrillos encendidos con la colilla del anterior, Gustavo regaló su alma en palabras. Dejó que el llanto reprimido por tanto tiempo bañara su rostro, mientras Luca con paciencia infinita escuchaba, apenas soltando un corto comentario de vez en vez. Poco antes de que la luna encontrara al sol, fue Luca quien habló: –Sabes Gustavo, si aún estás decidido a saltar no te detendré. Casi lo has perdido todo. Puedes estar tranquilo, yo cuidaré que tus pertenencias y la carta lleguen a donde deben llegar–, e hizo una pausa para dar el último trago al ron. –Pero date un día más, quizás este amanecer te traiga sorpresas. Nunca sabemos lo que hay justo al doblar el camino, hasta que damos un paso más–. Gustavo no pudo evitar sonreír con cierta melancolía al recordar sus pensamientos de la noche anterior, cuando subía las escaleras. Estrechando de nuevo la mano de su nuevo amigo sólo atinó a decir mientras volteaba al cielo: –Un paso más, un día más–. Se puso en pie, un poco tambaleante por el alcohol ingerido, y se cubrió con su saco. –Gracias Luca, creo que eso haré–. Antes de que abriera la puerta de acceso a la azotea escuchó la voz de Luca a sus espaldas: –¡Hey Gustavo!, cuando quieras hablar conmigo, aquí estaré–. Estaba bastante tomado y cansado, así que en lugar de ir a su casa, optó por tomar el ascensor hasta el tercer piso, donde estaba su despacho, y tras ingresar en él, se desplomó en el sillón de la antesala quedándose profundamente dormido.
En los días posteriores Gustavo y Luca se cruzaron varias veces por el acceso al estacionamiento, el primero conduciendo su auto, el segundo caminando con las manos en los bolsillos. Levantaban la mano a manera de saludo y seguían su camino. Justo a la semana de haber charlado con Luca, la situación de Gustavo empezó a cambiar: un amigo de la universidad que conocía su situación y que recién se integraba al gobierno local le consiguió un par de contratos para la construcción de viviendas. Dos días después le llegó la notificación de haber ganado el concurso para la construcción de un nuevo auditorio, en una ciudad a 90 kilómetros de la suya. Ya ni se acordaba de ese concurso. Comenzó a localizar y a reunir a todo su equipo, y en mente, cuerpo y alma se puso a trabajar en los proyectos.
No fue hasta una mañana, que después de desayunar su esposa preguntó: –Oye “gordo”, y qué pasó con Luca, ya no me has contado nada de él–. Con tanto trabajo Gustavo ni se acordaba de Luca, a quien saludaba eventualmente en la calle como parte de su rutina, pero nada más. –Sabes, sólo lo saludo cuando nos vemos en la calle, cerca del edificio, pero no he hablado con él–. Su mujer hizo un gesto de desaprobación y dijo: –Deberías de invitarlo a comer. No sé, llévalo a algún lugar, o pide algo e invítalo a tu oficina. Después de todo, gracias a él no cometiste esa locura–. Gustavo se acercó a su mujer y tras darle un beso, dijo: –Tienes razón, hoy lo voy a buscar para llevarlo a comer a un buen restaurante, pero antes, creo, tendré que llevarlo a algún lado para que se asee y se compre ropa más presentable. Se me acaba de ocurrir que le puedo ofrecer un empleo… pero bueno, ya te contaré en la noche–, y ambos se despidieron. Al llegar a su oficina, y antes de ingresar con su carro al estacionamiento, hizo un alto breve para ver a ambos lados de la acera y buscar con la mirada a su amigo, pero ni rastro de Luca. Tomó el ascensor y cuando llegó a su oficina, todos estaban en las ventanas viendo hacia la calle. Un enorme camión estaba detenido casi en la entrada del edificio y un mundo de curiosos estaban formando la clásica valla de mirones. A Gustavo le dio un vuelco el corazón y salió corriendo hacia abajo por las escaleras de emergencia. No se detuvo hasta que llegó al cordón de policías. –¿Que pasó?–, preguntó agitado, y con la frente perlada de sudor. El policía se le quedó viendo con cara de no entender y contestó: –Amigo, si no puede ver el camión y oler la cerveza que se ha tirado, creo que lo tendré que arrestar por andar bajo la influencia de alguna sustancia ilegal, ahora lárguese de aquí. ¡Despejen la maldita área, con un carajo!– dijo el policía avanzando hacia la gente. Todavía intranquilo corrió hacia los ascensores y se dispuso ir a la azotea. Cuando por fin llegó, al abrir la puerta ésta se azotó contra la pared, sacándole tremendo susto al guardia de seguridad que, recargado en la cornisa, veía tranquilo el accidente desde las alturas. –Por Dios, “Arqui”, ¡por poco me mata del susto!–. Gustavo sin prestar atención a las palabras del guardia sólo atinó a preguntar: –¿Dónde está Luca?–. El guardia se encogió de hombros y contesto: –Aquí no ha subido nadie el día de hoy–. Gustavo agitó las manos y le dijo:
–Luca, el vagabundo, el que vive aquí en la azotea–, y comenzó a caminar para rodear la torre de enfriamiento, –el hombre que aquí tiene su…– y se contuvo al descubrir que las tarimas y cajas de cartón que habían sido la improvisada banca donde platicaron por horas días atrás, no estaban.
–Arqui, ¿se encuentra bien? Por supuesto que aquí no vive persona alguna. Tengo cinco años como guardia de seguridad en este edificio y le puedo asegurar que ningún vagabundo ha dormido aquí y muchos menos establecido residencia–. La contundencia de la elocuencia del guardia lo estremeció, y se volvió para decir: –Pero todavía ayer en la mañana lo vi saliendo del edificio; y hace unas semanas, por la noche aquí lo encontré–. El guardia se encogió de hombros contestando: –Quizás lo soñó Arqui, créame, aquí no ha estado nadie quedándose por las noches, como dice. Le confieso que llevo años que todas la mañanas subo aquí para tomarme mi café y jamás me he cruzado con nadie en el camino, pero no se lo vaya a decir al supervisor, ¿eh?–. El rostro de Gustavo reflejaba confusión. –Arqui, ¿de verdad se siente bien?, ¿quiere que llame a un médico?–. Gustavo puso sus manos en la cintura y, agachando la cabeza, la movió en señal de negativa. Dio media vuelta e inicio el camino de vuelta a su oficina. Al entrar, ya todo mundo estaba en sus labores, pero lo vieron con curiosidad. Aún no se explicaban por que había salido corriendo, y ahora el desconcierto en su rostro les llamaba más su atención. Sin decir palabra entró a su privado, cerró la puerta y las persianas de los ventanales, y al tomar asiento notó sobre su escritorio un sobre sin sellar. Lo abrió con cuidado y observó que había un papel dentro doblado con delicadeza. Lo desdobló y vio un dibujo infantil.
Era un ángel sonriendo al lado de una cama donde un pequeño dormía. Entre los garabatos desteñidos por el tiempo se podía adivinar que decía “mi ángel”. Reconocía el dibujo, desde luego: lo había hecho él mismo a los seis años, y no lo había vuelto a ver por décadas, pues se había quedado en casa de su madre con tantas otras cosas que le pertenecieron en otro tiempo. En ese instante notó que en la esquina inferior derecha tenía algo escrito con exquisita caligrafía, y acercó la vista para leer, mientras una lágrima rodaba ya por su rostro: “Piensa en mí cuando me necesites, y contigo estaré. Como cuando eras un niño. Luca.”
–¿Y cómo se supone que sabes todo eso?– preguntó Gustavo un poco incómodo al constatar que su interlocutor no era ordinario, porque de alguna manera conocía aspectos de su vida íntima. –Ya se lo dije, veo y escucho. La calle es mi mundo y Dios es mi patrón. Yo llegué aquí arriba con su misma intención, pero ya ve, terminé quedándome con este “penjaus”–, y soltó una larga carcajada. –Pero, venga, lo invito a la sala– dijo Luca, y Gustavo, tras recoger su saco de la cornisa, comenzó a seguirlo. Llegaron frente a una banca improvisada de tarimas de madera y cajas de cartón, y como dos viejos amigos se sentaron a conversar. Entre tragos de ron y cigarrillos encendidos con la colilla del anterior, Gustavo regaló su alma en palabras. Dejó que el llanto reprimido por tanto tiempo bañara su rostro, mientras Luca con paciencia infinita escuchaba, apenas soltando un corto comentario de vez en vez. Poco antes de que la luna encontrara al sol, fue Luca quien habló: –Sabes Gustavo, si aún estás decidido a saltar no te detendré. Casi lo has perdido todo. Puedes estar tranquilo, yo cuidaré que tus pertenencias y la carta lleguen a donde deben llegar–, e hizo una pausa para dar el último trago al ron. –Pero date un día más, quizás este amanecer te traiga sorpresas. Nunca sabemos lo que hay justo al doblar el camino, hasta que damos un paso más–. Gustavo no pudo evitar sonreír con cierta melancolía al recordar sus pensamientos de la noche anterior, cuando subía las escaleras. Estrechando de nuevo la mano de su nuevo amigo sólo atinó a decir mientras volteaba al cielo: –Un paso más, un día más–. Se puso en pie, un poco tambaleante por el alcohol ingerido, y se cubrió con su saco. –Gracias Luca, creo que eso haré–. Antes de que abriera la puerta de acceso a la azotea escuchó la voz de Luca a sus espaldas: –¡Hey Gustavo!, cuando quieras hablar conmigo, aquí estaré–. Estaba bastante tomado y cansado, así que en lugar de ir a su casa, optó por tomar el ascensor hasta el tercer piso, donde estaba su despacho, y tras ingresar en él, se desplomó en el sillón de la antesala quedándose profundamente dormido.
En los días posteriores Gustavo y Luca se cruzaron varias veces por el acceso al estacionamiento, el primero conduciendo su auto, el segundo caminando con las manos en los bolsillos. Levantaban la mano a manera de saludo y seguían su camino. Justo a la semana de haber charlado con Luca, la situación de Gustavo empezó a cambiar: un amigo de la universidad que conocía su situación y que recién se integraba al gobierno local le consiguió un par de contratos para la construcción de viviendas. Dos días después le llegó la notificación de haber ganado el concurso para la construcción de un nuevo auditorio, en una ciudad a 90 kilómetros de la suya. Ya ni se acordaba de ese concurso. Comenzó a localizar y a reunir a todo su equipo, y en mente, cuerpo y alma se puso a trabajar en los proyectos.
No fue hasta una mañana, que después de desayunar su esposa preguntó: –Oye “gordo”, y qué pasó con Luca, ya no me has contado nada de él–. Con tanto trabajo Gustavo ni se acordaba de Luca, a quien saludaba eventualmente en la calle como parte de su rutina, pero nada más. –Sabes, sólo lo saludo cuando nos vemos en la calle, cerca del edificio, pero no he hablado con él–. Su mujer hizo un gesto de desaprobación y dijo: –Deberías de invitarlo a comer. No sé, llévalo a algún lugar, o pide algo e invítalo a tu oficina. Después de todo, gracias a él no cometiste esa locura–. Gustavo se acercó a su mujer y tras darle un beso, dijo: –Tienes razón, hoy lo voy a buscar para llevarlo a comer a un buen restaurante, pero antes, creo, tendré que llevarlo a algún lado para que se asee y se compre ropa más presentable. Se me acaba de ocurrir que le puedo ofrecer un empleo… pero bueno, ya te contaré en la noche–, y ambos se despidieron. Al llegar a su oficina, y antes de ingresar con su carro al estacionamiento, hizo un alto breve para ver a ambos lados de la acera y buscar con la mirada a su amigo, pero ni rastro de Luca. Tomó el ascensor y cuando llegó a su oficina, todos estaban en las ventanas viendo hacia la calle. Un enorme camión estaba detenido casi en la entrada del edificio y un mundo de curiosos estaban formando la clásica valla de mirones. A Gustavo le dio un vuelco el corazón y salió corriendo hacia abajo por las escaleras de emergencia. No se detuvo hasta que llegó al cordón de policías. –¿Que pasó?–, preguntó agitado, y con la frente perlada de sudor. El policía se le quedó viendo con cara de no entender y contestó: –Amigo, si no puede ver el camión y oler la cerveza que se ha tirado, creo que lo tendré que arrestar por andar bajo la influencia de alguna sustancia ilegal, ahora lárguese de aquí. ¡Despejen la maldita área, con un carajo!– dijo el policía avanzando hacia la gente. Todavía intranquilo corrió hacia los ascensores y se dispuso ir a la azotea. Cuando por fin llegó, al abrir la puerta ésta se azotó contra la pared, sacándole tremendo susto al guardia de seguridad que, recargado en la cornisa, veía tranquilo el accidente desde las alturas. –Por Dios, “Arqui”, ¡por poco me mata del susto!–. Gustavo sin prestar atención a las palabras del guardia sólo atinó a preguntar: –¿Dónde está Luca?–. El guardia se encogió de hombros y contesto: –Aquí no ha subido nadie el día de hoy–. Gustavo agitó las manos y le dijo:
–Luca, el vagabundo, el que vive aquí en la azotea–, y comenzó a caminar para rodear la torre de enfriamiento, –el hombre que aquí tiene su…– y se contuvo al descubrir que las tarimas y cajas de cartón que habían sido la improvisada banca donde platicaron por horas días atrás, no estaban.
–Arqui, ¿se encuentra bien? Por supuesto que aquí no vive persona alguna. Tengo cinco años como guardia de seguridad en este edificio y le puedo asegurar que ningún vagabundo ha dormido aquí y muchos menos establecido residencia–. La contundencia de la elocuencia del guardia lo estremeció, y se volvió para decir: –Pero todavía ayer en la mañana lo vi saliendo del edificio; y hace unas semanas, por la noche aquí lo encontré–. El guardia se encogió de hombros contestando: –Quizás lo soñó Arqui, créame, aquí no ha estado nadie quedándose por las noches, como dice. Le confieso que llevo años que todas la mañanas subo aquí para tomarme mi café y jamás me he cruzado con nadie en el camino, pero no se lo vaya a decir al supervisor, ¿eh?–. El rostro de Gustavo reflejaba confusión. –Arqui, ¿de verdad se siente bien?, ¿quiere que llame a un médico?–. Gustavo puso sus manos en la cintura y, agachando la cabeza, la movió en señal de negativa. Dio media vuelta e inicio el camino de vuelta a su oficina. Al entrar, ya todo mundo estaba en sus labores, pero lo vieron con curiosidad. Aún no se explicaban por que había salido corriendo, y ahora el desconcierto en su rostro les llamaba más su atención. Sin decir palabra entró a su privado, cerró la puerta y las persianas de los ventanales, y al tomar asiento notó sobre su escritorio un sobre sin sellar. Lo abrió con cuidado y observó que había un papel dentro doblado con delicadeza. Lo desdobló y vio un dibujo infantil.
Era un ángel sonriendo al lado de una cama donde un pequeño dormía. Entre los garabatos desteñidos por el tiempo se podía adivinar que decía “mi ángel”. Reconocía el dibujo, desde luego: lo había hecho él mismo a los seis años, y no lo había vuelto a ver por décadas, pues se había quedado en casa de su madre con tantas otras cosas que le pertenecieron en otro tiempo. En ese instante notó que en la esquina inferior derecha tenía algo escrito con exquisita caligrafía, y acercó la vista para leer, mientras una lágrima rodaba ya por su rostro: “Piensa en mí cuando me necesites, y contigo estaré. Como cuando eras un niño. Luca.”
jueves, septiembre 13, 2012
Sin Aliento (2ª Parte)
Sin aliento (2ª parte)
–No pensará saltar, ¿verdad?–, fue la voz que escuchó a sus espaldas cuando se disponía a escalar el pequeño muro para enfrentar el precipicio. Su cuerpo se tensó, y sin voltear atrás contestó al dueño de la voz: –Eso es cuestión que a usted no le importa. Le recomiendo que se largue–. Entonces la voz volvió a sonar, más cerca esta vez: –Aún trae la cartera en el pantalón. Le sugiero se la ponga dentro del saco con cualquier otra pertenencia. Es por la policía, usted sabe, son como la fregada. Antes de llamar a los servicios de emergencia, primero “basculean” al muertito, y ya después se pueden atender esas minucias–. El de la voz vio como aquel hombre apretaba el saco bajo su brazo, y luego dijo: –Relájese, yo no lo voy a robar. Puede estar tranquilo. Deje su saco aquí en la azotea, suba a la cornisa y salte, así de simple. Nomás no sea desconsiderado, y trate de atinarle a la banqueta. Porque si se estampa en la calle, además de entorpecer el tráfico, puede dañar alguno de esos autos preciosos que luego pasan por aquí.
Por fin el hombre aquel que pensaba suicidarse se decidió a voltear, y a muy cercana distancia se encontró con la figura de un hombre grueso, más o menos de su edad, con un cigarrillo sin encender en los labios y con una botella en la mano izquierda. La tímida luna que asomaba su semblante en cielo apenas iluminaba los rostros de los dos hombres que se miraban. Si bien el interlocutor del suicida en potencia tenía la facha de un indigente, no reflejaba agresividad en sus rasgos y además su voz parecía de alguien educado. –¿Lo conozco?– preguntó apretando más su saco. –En realidad sí. La última vez que me viste fue hace mucho tiempo, creo que tenías cinco años–. –¿En serio?–, dijo el hombre con sincera sorpresa, –eso quiere decir que fuimos compañeros de prescolar, supongo–. –Pues es ahí donde supones mal… no te molesta si enciendo un cigarrillo, ¿verdad?–. Sin esperar respuesta sacó un encendedor del bolsillo del pantalón y antes de hacer flama preguntó –¿Gustas uno?, quizás no sean de la mejor marca, pero bueno, tabaco es tabaco, ¿no crees?–. Aquel que pensaba saltar, dejó su saco en la cornisa, y antepuso su cuerpo entre aquel intruso y su saco. Tomó el cigarrillo de la cajetilla y dejó que le dieran fuego. Fue cuando por fin pudo ver por segundos la fisionomía de ese otro que había aparecido en el momento más inoportuno. Sus ojos bordeados de arrugas reflejaban una calma incomprensible; se veía su piel curtida por horas bajo el sol y en su boca dibujada una sonrisa amigable y enigmática. Mientras daba la primera bocanada de humo, su análisis se vio interrumpido por la voz de aquel hombre. –Usted es el señor del despacho 1333. El de la constructora…– y comenzó a tronar los dedos al mismo tiempo que intentaba acordarse del nombre. –Constructora Elite, me llamo Gustavo– y extendió su mano que fue estrechada con vigorosidad por el vagabundo que ahora le sonreía gustoso: –Sí, ya lo se, lo que no recuerdo es mi nombre pero todos me dicen Luca. Y luego Luca preguntó: –¿Así de mal están las cosas? Digo, para que hayas tomado la decisión de saltar. Qué se me hace que crees que has tocado fondo, pero te digo una verdad, apenas empiezas, eres un principiante del sufrimiento, hay muchos, tal vez demasiados según tus propias cuentas, que rebasan por mucho tus motivos y pretextos para quitarte la vida. Para muestra un botón: yo sí estoy en el fondo. Trabajo en lo que caiga. Como cuando hay algo para meter a la boca, ah! Pero eso sí– dijo palmeando la botella, –nunca me faltará mi única manera de soportar esta vida inmunda, que es la bebida y la fumada… me relaja–. –Eso quiere decir que alguna vez tuviste algo, a alguien?– preguntó Gustavo tirando la bachicha al suelo y pisándola. –No hombre, ¡qué va!, desde que tengo uso de razón jamás he tenido nada ni a nadie. Pero veo, escucho, y sé que no vivo como otros, otros como tú por ejemplo. Tú tienes casa, una mujer que te ama y unos chiquillos que te admiran. Eres su héroe–. Gustavo lo interrumpió entonces: –¿Y cómo se supone que sabes todo eso?
(continuará…)
–No pensará saltar, ¿verdad?–, fue la voz que escuchó a sus espaldas cuando se disponía a escalar el pequeño muro para enfrentar el precipicio. Su cuerpo se tensó, y sin voltear atrás contestó al dueño de la voz: –Eso es cuestión que a usted no le importa. Le recomiendo que se largue–. Entonces la voz volvió a sonar, más cerca esta vez: –Aún trae la cartera en el pantalón. Le sugiero se la ponga dentro del saco con cualquier otra pertenencia. Es por la policía, usted sabe, son como la fregada. Antes de llamar a los servicios de emergencia, primero “basculean” al muertito, y ya después se pueden atender esas minucias–. El de la voz vio como aquel hombre apretaba el saco bajo su brazo, y luego dijo: –Relájese, yo no lo voy a robar. Puede estar tranquilo. Deje su saco aquí en la azotea, suba a la cornisa y salte, así de simple. Nomás no sea desconsiderado, y trate de atinarle a la banqueta. Porque si se estampa en la calle, además de entorpecer el tráfico, puede dañar alguno de esos autos preciosos que luego pasan por aquí.
Por fin el hombre aquel que pensaba suicidarse se decidió a voltear, y a muy cercana distancia se encontró con la figura de un hombre grueso, más o menos de su edad, con un cigarrillo sin encender en los labios y con una botella en la mano izquierda. La tímida luna que asomaba su semblante en cielo apenas iluminaba los rostros de los dos hombres que se miraban. Si bien el interlocutor del suicida en potencia tenía la facha de un indigente, no reflejaba agresividad en sus rasgos y además su voz parecía de alguien educado. –¿Lo conozco?– preguntó apretando más su saco. –En realidad sí. La última vez que me viste fue hace mucho tiempo, creo que tenías cinco años–. –¿En serio?–, dijo el hombre con sincera sorpresa, –eso quiere decir que fuimos compañeros de prescolar, supongo–. –Pues es ahí donde supones mal… no te molesta si enciendo un cigarrillo, ¿verdad?–. Sin esperar respuesta sacó un encendedor del bolsillo del pantalón y antes de hacer flama preguntó –¿Gustas uno?, quizás no sean de la mejor marca, pero bueno, tabaco es tabaco, ¿no crees?–. Aquel que pensaba saltar, dejó su saco en la cornisa, y antepuso su cuerpo entre aquel intruso y su saco. Tomó el cigarrillo de la cajetilla y dejó que le dieran fuego. Fue cuando por fin pudo ver por segundos la fisionomía de ese otro que había aparecido en el momento más inoportuno. Sus ojos bordeados de arrugas reflejaban una calma incomprensible; se veía su piel curtida por horas bajo el sol y en su boca dibujada una sonrisa amigable y enigmática. Mientras daba la primera bocanada de humo, su análisis se vio interrumpido por la voz de aquel hombre. –Usted es el señor del despacho 1333. El de la constructora…– y comenzó a tronar los dedos al mismo tiempo que intentaba acordarse del nombre. –Constructora Elite, me llamo Gustavo– y extendió su mano que fue estrechada con vigorosidad por el vagabundo que ahora le sonreía gustoso: –Sí, ya lo se, lo que no recuerdo es mi nombre pero todos me dicen Luca. Y luego Luca preguntó: –¿Así de mal están las cosas? Digo, para que hayas tomado la decisión de saltar. Qué se me hace que crees que has tocado fondo, pero te digo una verdad, apenas empiezas, eres un principiante del sufrimiento, hay muchos, tal vez demasiados según tus propias cuentas, que rebasan por mucho tus motivos y pretextos para quitarte la vida. Para muestra un botón: yo sí estoy en el fondo. Trabajo en lo que caiga. Como cuando hay algo para meter a la boca, ah! Pero eso sí– dijo palmeando la botella, –nunca me faltará mi única manera de soportar esta vida inmunda, que es la bebida y la fumada… me relaja–. –Eso quiere decir que alguna vez tuviste algo, a alguien?– preguntó Gustavo tirando la bachicha al suelo y pisándola. –No hombre, ¡qué va!, desde que tengo uso de razón jamás he tenido nada ni a nadie. Pero veo, escucho, y sé que no vivo como otros, otros como tú por ejemplo. Tú tienes casa, una mujer que te ama y unos chiquillos que te admiran. Eres su héroe–. Gustavo lo interrumpió entonces: –¿Y cómo se supone que sabes todo eso?
(continuará…)
jueves, septiembre 06, 2012
Sin Aliento (1ª Parte)
Sin aliento
Mientras subía las escaleras se decía a sí mismo: “un paso más, todo siempre se resume a un paso más; un paso más y encuentras una veta de oro, o un venero que te ahoga en la mina; un paso más y te promueven en la chamba, o le pisas el callo a alguno de los de arriba y te manda de patitas a la calle”. Se detuvo para respirar y recordó aquella popular canción de: “pasito tuntún” y no pudo reprimir la sonrisa.
El sólo tenía que seguir dando “un paso más” para acabar con todo esto.
Su recorrido subiendo las escaleras le permitió concentrarse en sus propios pensamientos. Pudo perderse en los archivos de su memoria y recordar. Recuerdos, como las sombras del mito de la caverna, desfilando abundantes dentro de su cabeza. La niña del vestido rosa mirándolo fijamente y el dragster arrancando patinando sus ruedas sin ruido en el fondo. Las telarañas colgando en todas partes: en los muebles, en las escaleras de caracol, en los pasillos. Densas capas de telaraña por doquier. El sonido del violín como si cambiara de velocidad dentro de una caja sonora que no alcanzaba a reproducir con claridad la música de fondo. Sueños, memorias y recuerdos entremezclados desde su infancia, y que ahora se habían vuelto tan punzantes en su vida de adulto. Cuando llegó a la puerta de acceso al techo del edificio por su pensamiento cruzó veloz la certeza de que era imposible haber pensado tantas cosas, haber estado en tantos escenarios y con tantos personajes habiéndose imaginado sus conversaciones y gestos, mientras subía las escaleras, en un lapso de tiempo tan corto. Pero era cierto, todo aquello que estuvo recordando en su ascenso, esa gran cantidad de información quedó comprimida en un espacio de tiempo fugaz. Casi sin aliento se sostuvo en el marco de la puerta y maldijo todos los cigarros que había fumado en su vida, la que pronto terminaría si sus planes se cumplían.
El martillar de la sangre que resonaba en sus oídos no fue suficiente para acallar lo que calle abajo sucedía: el sonido de la nocturna melodía urbana, motores, frenazos, bocinas vertiendo violentas notas y sirenas de vehículos de emergencia, que seguramente sonarían más fuerte cuando se aproximen más tarde al ser avisadas que se había lanzado él desde las alturas. Con un ademán cotidiano se quitó el saco y tocó el bolsillo interno del mismo asegurándose que la carta escrita seguía ahí. Vació el contenido de sus bolsillos y los depositó sobre el saco que con cuidado dobló y colocó en el piso. Caminó hacia la cornisa y de nuevo lo asaltó el pensamiento de hacía rato: había que dar un paso más, sólo un escalón más.
Ahora recordó el vértigo que sentía en otra época. Vértigo que llegó a ser un problema para subir a casi cualquier lugar que necesitaba. Lo había paralizado aquella ocasión que subió con sus amigos adolescentes a la torre más alta de la ciudad. Al llegar al restaurante casi bajó a rastras del ascensor y no podía controlar sus rodillas. Ya no subió el piso adicional para ver con los catalejos los detalles de la ciudad desde un mirador que quedaba metros arriba, y que sólo una malla resguardaba del vacío y del precipicio que a él lo llamaba, mortal y misterioso. O como cuando subió años después a esa torre de agua abandonada por unas escalerillas marineras arruinadas, de cómo se detuvo y así detuvo a toda la fila de amigos que lo sucedían, gritándole que no parara, que terminara, que no mirara hacia abajo, que lo había prometido, y que ellos de ninguna manera lo dejarían bajar, antes terminarían allí entumidos hasta la media noche que dejarlo bajar. Así que tuvo que proseguir su lentísima ascensión hasta llegar a la bola de acero a la que se adhirió como con ventosas que no poseía pero imaginaba.
Avanzó hacia la orilla reparando en los olores que le producían extrañas sensaciones de nostalgia. Humo, lluvia a lo lejos, polvo que iba y venía. Apenas apoyó sus manos en aquel murete, cuando escuchó una tos repetida nerviosamente, y después una voz diciendo: – No pensará saltar, ¿verdad? –
Continuará…
jueves, agosto 30, 2012
Encuentros
Encuentros
Abrió los ojos cuando los primeros rayos de luz empezaban a acariciar la tierra. Despacio se sentó sobre la cama y tras pasarse la mano por la cara, se puso de pie. Escogió la ropa para ese día. Entró al baño para asearse y luego vestirse. No había prisa.
Media hora después salía de casa. Caminó dos cuadras hasta llegar al parque y lo cruzó por el centro, bajo las copas de árboles centenarios y el dulce aroma de jazmines y lavandas. A lo lejos nubarrones avisaban que el sol no duraría. Cruzando la calle frente al parque estaba la cafetería de siempre. Tomó asiento en la terraza y esperó a Clara, la chica que siempre hacía el favor de atenderlo. A él nunca le gustó eso de ordenar en la caja, más bien le gustaba ser uno de los primeros clientes en llegar y dejar muy buena propina. Por eso Clara tomó la iniciativa de atenderlo como le gustaba, siempre en la mesa y siempre con una sonrisa. –Buenos días Don Luis, aquí tiene su cafecito. ¿Va acompañarlo hoy con alguna pieza de pan dulce?–. La miró a los ojos y le dijo por lo bajo: –No Clarita muchas gracias. Pero ya sabes, si no se te carga el trabajo, te encargo en unos 20 minutos más el segundo café–. La chica volvió a sonreír pensando en que la conversación estaba de más pues su distinguido cliente todos los días hacía y decía lo mismo. De la mesa tomó el dinero que, como siempre, previamente dejara Luis en la esquina derecha, justo donde ella aparecía a diario para repetir los formulismos, y en menos de 30 segundos dar la media vuelta con el dinero de los dos cafés y la propina desproporcionada.
A Luis le encantaba la tranquilidad de las mañanas aderezadas con canto de aves, aroma de flores y los colores con los que éstas vestían el parque. Cuando volteó a la mesa el café ya estaba ahí, dio un trago metódico y cerró los ojos. Dejó que sus sentidos se embriagaran de sonidos y aromas. Cuando los volvió a abrir ya estaba ella ahí, en la banca del parque, justo frente a la cafetería. ¿Cuanto tiempo había transcurrido con los ojos cerrados? ¿Quién era esa mujer que lo desconcertaba? Al contrario de su diaria repetición de actos, ella aparecía en el parque de vez en cuando, o mejor sea dicho el asunto, justo cuando menos se lo esperaba. Como hoy, al cerrar los ojos. Una mirada a la banca y nada había. Unos segundos (¿o minutos?) después ahí estaba. Y así como las otras veces que la veía, empezaba a sentirse nervioso y la miraba sentada y buscaba en sus facciones y gestos algo a lo que ella era totalmente ajena. ¿Por qué sentía miedo? ¿Por qué pensaría que aquella mujer era para él hasta cierto punto inalcanzable, si era sólo cuestión de cruzar la calle, vencer el miedo y preguntarle: Cómo estas? Aún me recuerdas? Aunque su parte consciente le decía que no podía ser ella, sin embargo tenía tantas coincidencias que le arrebataba la sospecha: su manera de sentarse, el brillo de su cabello y esa mirada tierna con un toque de melancolía que por momentos le hacía sacar conclusiones, pues todos los detalles juntos le gritaban que era ella, que no podía equivocarse. De pronto ella sacó un libro de su bolso y comenzó a leer. Un detalle más que sumado a los otros le daba la certeza de haberla encontrado.
Recordó la tarde en que la conoció, en aquella librería escondida en el centro de la ciudad donde sólo los que son muy asiduos a la lectura gustan de gastar sus horas de ocio, entre los forros nuevos y viejos que prometen contener el tesoro del ser y del saber. Esa tarde ella escogió un libro de Taylor Caldwell y él lo notó y fue la pauta para iniciar una conversación que recordaba como muy agradable. Tras comentar sobre el libro se dirigieron a una cafetería y se reconocieron hasta muy entrada la noche. Su mirada lo cautivó y su forma de saber escuchar. Ella le platicó esa noche cómo le gustaba ver la lluvia tras el ventanal si era invierno, y en los veranos alzar la cara y dejarse besar por lo que llamó las lágrimas del cielo.
De pronto su mirada y la de la banca se cruzaron, sólo por un momento, suficiente para que los latidos de su corazón de aceleraran, para hacerlo sentir indefenso, como desnudo, paralizado como adolescente enamorado. Quizás sus ojos podían engañarlo, pero era difícil engañar a su corazón. Era ella, tenía que ser ella. Pero, ¿porqué ahora?, ¿porqué después de tanto tiempo?
La voz de Clara repentinamente lo volvió a la realidad: –Aquí tiene su otro cafecito, lo espero por aquí mañana, cuídese mucho–. Luis le dedicó una sonrisa y volteo de nuevo hacia el parque, temeroso de que en esos pocos segundos ella hubiese desaparecido. Pero seguía ahí, leyendo tranquila. Dio un sorbo a su café, apresurado, quizá estuviera confundiendo la realidad con un simple deseo; el deseo de sentir el calor de su cuerpo y su cara contra su pecho, el deseo de volver a escuchar su voz y el sonido de su risa, el deseo simple de compartir sus hermosos silencios. Tenía que saberlo. Tenía que estar seguro. Se puso de pie y comenzó a caminar hacia la calle. Andaba de prisa, con la bufanda volando por el repentino aire que cruzó su camino. El sol ya se había escondido detrás de las nubes que ahora habían llegado. Al otro lado de la calle ella dejó el libro pues la tranquilidad de hacía un instante hacía que no fuera propicio la lectura en el parque. Levantó la vista y vio como un hombre maduro atravesaba la calle y se dirigía hacia donde ella estaba. Vio en su semblante una angustia como si no fuera a alcanzarla para decirle algo. Clara observó desde el café a Luis atravesar la calle despeinado por el viento, con su paso un poco incierto, y pensó para sí que había envejecido muy rápido en el tiempo que llevaba yendo por las mañanas.
La de la banca clavó sus ojos en los de él, y él terminó de cruzar la calle sin haberse fijado si quiera, con la mirada hundida en ella. Se acercó despacio acortando distancia por la acera. Ella descubrió con sobresalto mucha aprensión en ese hombre que se acercaba, pero no sintió miedo pues de alguna forma su mirada sobre ella tenía un brillo que le inspiraba cierta ternura. Una voz los sacó del trance en el que se encontraban esos dos seres que por un momento todo lo demás dejó de existir para concentrarse en observar uno del otro algo que no había sido todavía descubierto: –Perdóname mi amor, pero ya conoces a mis padres, querían que nos quedáramos a desayunar, pero les dije que tu me estabas esperando aquí para tomarnos un café y que después iríamos a dar una vuelta por la ciudad, así que no tuvieron mas remedio que dejarme ir–. Ella volteó a ver a su marido y de nuevo volteó a ver a aquel hombre de edad y notó de pronto que su mirada se apagaba, vio cómo su figura, antes erguida, se encorvaba un poco, apoyando ahora su peso sobre un bastón que un momento antes le pareció lo traía alzado. Ella recogió su libro para meterlo de nuevo en el bolso, y tras darle un beso a su marido, tomados de la mano se empezaron a alejar del punto de no reunión de aquellos dos que se habían mirado.
Don Luis vio como la pareja empezaba a distanciarse. De pronto la chica, soltándose de la mano de su esposo, dio media vuelta y se acercó al anciano a paso rápido. Tomándole la mano libre le dio un beso en la mejilla humedecida por el llanto. –¿Se parecía a mi?– preguntó. –Mucho mi’ja. Era tan bella como tu–. Ella apretó su mano y después caminó hacia donde estaba su marido. Iba conteniendo un sollozo al saber lo que Don Luis había experimentado. El los vio adentrarse en el café donde un momento antes el estuviera.
Comenzó el camino hacia dentro del parque, bajo las copas de los árboles que se mecían por el viento que alejaba el aroma a jazmines y lavandas. No apuró el paso porque, de igual forma, no había prisa.
Abrió los ojos cuando los primeros rayos de luz empezaban a acariciar la tierra. Despacio se sentó sobre la cama y tras pasarse la mano por la cara, se puso de pie. Escogió la ropa para ese día. Entró al baño para asearse y luego vestirse. No había prisa.
Media hora después salía de casa. Caminó dos cuadras hasta llegar al parque y lo cruzó por el centro, bajo las copas de árboles centenarios y el dulce aroma de jazmines y lavandas. A lo lejos nubarrones avisaban que el sol no duraría. Cruzando la calle frente al parque estaba la cafetería de siempre. Tomó asiento en la terraza y esperó a Clara, la chica que siempre hacía el favor de atenderlo. A él nunca le gustó eso de ordenar en la caja, más bien le gustaba ser uno de los primeros clientes en llegar y dejar muy buena propina. Por eso Clara tomó la iniciativa de atenderlo como le gustaba, siempre en la mesa y siempre con una sonrisa. –Buenos días Don Luis, aquí tiene su cafecito. ¿Va acompañarlo hoy con alguna pieza de pan dulce?–. La miró a los ojos y le dijo por lo bajo: –No Clarita muchas gracias. Pero ya sabes, si no se te carga el trabajo, te encargo en unos 20 minutos más el segundo café–. La chica volvió a sonreír pensando en que la conversación estaba de más pues su distinguido cliente todos los días hacía y decía lo mismo. De la mesa tomó el dinero que, como siempre, previamente dejara Luis en la esquina derecha, justo donde ella aparecía a diario para repetir los formulismos, y en menos de 30 segundos dar la media vuelta con el dinero de los dos cafés y la propina desproporcionada.
A Luis le encantaba la tranquilidad de las mañanas aderezadas con canto de aves, aroma de flores y los colores con los que éstas vestían el parque. Cuando volteó a la mesa el café ya estaba ahí, dio un trago metódico y cerró los ojos. Dejó que sus sentidos se embriagaran de sonidos y aromas. Cuando los volvió a abrir ya estaba ella ahí, en la banca del parque, justo frente a la cafetería. ¿Cuanto tiempo había transcurrido con los ojos cerrados? ¿Quién era esa mujer que lo desconcertaba? Al contrario de su diaria repetición de actos, ella aparecía en el parque de vez en cuando, o mejor sea dicho el asunto, justo cuando menos se lo esperaba. Como hoy, al cerrar los ojos. Una mirada a la banca y nada había. Unos segundos (¿o minutos?) después ahí estaba. Y así como las otras veces que la veía, empezaba a sentirse nervioso y la miraba sentada y buscaba en sus facciones y gestos algo a lo que ella era totalmente ajena. ¿Por qué sentía miedo? ¿Por qué pensaría que aquella mujer era para él hasta cierto punto inalcanzable, si era sólo cuestión de cruzar la calle, vencer el miedo y preguntarle: Cómo estas? Aún me recuerdas? Aunque su parte consciente le decía que no podía ser ella, sin embargo tenía tantas coincidencias que le arrebataba la sospecha: su manera de sentarse, el brillo de su cabello y esa mirada tierna con un toque de melancolía que por momentos le hacía sacar conclusiones, pues todos los detalles juntos le gritaban que era ella, que no podía equivocarse. De pronto ella sacó un libro de su bolso y comenzó a leer. Un detalle más que sumado a los otros le daba la certeza de haberla encontrado.
Recordó la tarde en que la conoció, en aquella librería escondida en el centro de la ciudad donde sólo los que son muy asiduos a la lectura gustan de gastar sus horas de ocio, entre los forros nuevos y viejos que prometen contener el tesoro del ser y del saber. Esa tarde ella escogió un libro de Taylor Caldwell y él lo notó y fue la pauta para iniciar una conversación que recordaba como muy agradable. Tras comentar sobre el libro se dirigieron a una cafetería y se reconocieron hasta muy entrada la noche. Su mirada lo cautivó y su forma de saber escuchar. Ella le platicó esa noche cómo le gustaba ver la lluvia tras el ventanal si era invierno, y en los veranos alzar la cara y dejarse besar por lo que llamó las lágrimas del cielo.
De pronto su mirada y la de la banca se cruzaron, sólo por un momento, suficiente para que los latidos de su corazón de aceleraran, para hacerlo sentir indefenso, como desnudo, paralizado como adolescente enamorado. Quizás sus ojos podían engañarlo, pero era difícil engañar a su corazón. Era ella, tenía que ser ella. Pero, ¿porqué ahora?, ¿porqué después de tanto tiempo?
La voz de Clara repentinamente lo volvió a la realidad: –Aquí tiene su otro cafecito, lo espero por aquí mañana, cuídese mucho–. Luis le dedicó una sonrisa y volteo de nuevo hacia el parque, temeroso de que en esos pocos segundos ella hubiese desaparecido. Pero seguía ahí, leyendo tranquila. Dio un sorbo a su café, apresurado, quizá estuviera confundiendo la realidad con un simple deseo; el deseo de sentir el calor de su cuerpo y su cara contra su pecho, el deseo de volver a escuchar su voz y el sonido de su risa, el deseo simple de compartir sus hermosos silencios. Tenía que saberlo. Tenía que estar seguro. Se puso de pie y comenzó a caminar hacia la calle. Andaba de prisa, con la bufanda volando por el repentino aire que cruzó su camino. El sol ya se había escondido detrás de las nubes que ahora habían llegado. Al otro lado de la calle ella dejó el libro pues la tranquilidad de hacía un instante hacía que no fuera propicio la lectura en el parque. Levantó la vista y vio como un hombre maduro atravesaba la calle y se dirigía hacia donde ella estaba. Vio en su semblante una angustia como si no fuera a alcanzarla para decirle algo. Clara observó desde el café a Luis atravesar la calle despeinado por el viento, con su paso un poco incierto, y pensó para sí que había envejecido muy rápido en el tiempo que llevaba yendo por las mañanas.
La de la banca clavó sus ojos en los de él, y él terminó de cruzar la calle sin haberse fijado si quiera, con la mirada hundida en ella. Se acercó despacio acortando distancia por la acera. Ella descubrió con sobresalto mucha aprensión en ese hombre que se acercaba, pero no sintió miedo pues de alguna forma su mirada sobre ella tenía un brillo que le inspiraba cierta ternura. Una voz los sacó del trance en el que se encontraban esos dos seres que por un momento todo lo demás dejó de existir para concentrarse en observar uno del otro algo que no había sido todavía descubierto: –Perdóname mi amor, pero ya conoces a mis padres, querían que nos quedáramos a desayunar, pero les dije que tu me estabas esperando aquí para tomarnos un café y que después iríamos a dar una vuelta por la ciudad, así que no tuvieron mas remedio que dejarme ir–. Ella volteó a ver a su marido y de nuevo volteó a ver a aquel hombre de edad y notó de pronto que su mirada se apagaba, vio cómo su figura, antes erguida, se encorvaba un poco, apoyando ahora su peso sobre un bastón que un momento antes le pareció lo traía alzado. Ella recogió su libro para meterlo de nuevo en el bolso, y tras darle un beso a su marido, tomados de la mano se empezaron a alejar del punto de no reunión de aquellos dos que se habían mirado.
Don Luis vio como la pareja empezaba a distanciarse. De pronto la chica, soltándose de la mano de su esposo, dio media vuelta y se acercó al anciano a paso rápido. Tomándole la mano libre le dio un beso en la mejilla humedecida por el llanto. –¿Se parecía a mi?– preguntó. –Mucho mi’ja. Era tan bella como tu–. Ella apretó su mano y después caminó hacia donde estaba su marido. Iba conteniendo un sollozo al saber lo que Don Luis había experimentado. El los vio adentrarse en el café donde un momento antes el estuviera.
Comenzó el camino hacia dentro del parque, bajo las copas de los árboles que se mecían por el viento que alejaba el aroma a jazmines y lavandas. No apuró el paso porque, de igual forma, no había prisa.
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